martes, 25 de septiembre de 2018

VESTIGIOS DE LOS MISTERIOS


   Dice la Real Enciclopedia Masónica en su artículo sobre “el Sol”:
            
Siempre ha desempeñado el Sol importante papel como símbolo, especialmente en la masonería. El V . . M . . representa el Sol levante; el S . . V . . el Sol en el meridiano y el P . . V . . el Sol poniente.. En los ritos druídicos, el archidruída representaba al Sol y le asistían en las ceremonias dos oficiales representativos de la Luna en occidente, uno, y del Sol en el meridiano, el otro. Es completamente inútil entrar en prolijas discusiones acerca de este símbolo.
            
En verdad es “inútil”, puesto que Ragon lo ha discutido ya ampliamente, según puede verse en las citas hechas al fin de la Sección XXIX. La masonería derivó su ritual de Oriente, conforme dejamos expuesto. Y si de los modernos rosacruces puede afirmarse con verdad que “sus conocimientos caóticos no son quizás una adquisición apetecible”, con mayor verdad puede afirmarse lo mismo respecto a las demás ramas de la masonería, puesto que nada absolutamente saben sus miembros sobre el significado de sus símbolos. Muchas hipótesis a cual más inadecuada se han establecido, como por ejemplo en lo referente a las “torres redondas” según la Real Enciclopedia Masónica, la idea de que estén relacionadas con la Iniciación Masónica puede ser desde luego descartada, como indigna de ocuparse de ella. Las “torres” que se encuentran en el oriente de Asia, estuvieron relacionadas con los misterios de la iniciación, a saber, con los ritos de Vishvakarman y Vikartana. A los candidatos a la iniciación se les colocaba en ellas durante tres días con sus noches, si por acaso no había a mano un templo con cripta subterránea. Con no otro objeto se edificaron estas torres redondas. Aunque desacreditados estos monumentos de origen pagano por el clero católico, que de esta suerte “tapa su propio nido”, todavía permanecen como indestructibles reliquias de la Antigua Sabiduría. Nada hay en este nuestro objetivo e ilusorio mundo, que no pueda servir al mismo tiempo para buen y mal fin. Así fue que, en las últimas épocas, los antropomorfistas y los iniciados del sendero siniestro se apoderaron de la mayor parte de estas veneradas ruinas silenciosas, abandonadas por sus primitivos sabios moradores, y las convirtieron en monumentos fálicos; pero esto fue deliberada y viciosa interpretación de su verdadero significado, y un desvío de su primitivo uso. Aunque el Sol fue siempre, aun para las multitudes, ..... “el solo y único rey y dios de los cielos”, y el ..... el “dios del Buen Consejo” de Orfeo, tuvo en todas las religiones exotéricas un aspecto dual que antropomorfizaron los profanos. Así el Sol era Osiris-Tifón, Ormuzd-Ahriman, Bel-Júpiter y Baal, esto es, el luminar dador de vida y muerte. Y así el mismo monolito, la misma columna, pirámide, torre o templo, edificados originalmente para glorificar el aspecto superior, pudo degenerar con el tiempo en templo idolátrico; o lo que es peor, en un emblema fálico en su cruda y brutal forma. El lingam de los indos tiene un significado altamente espiritual y filosófico; pero los misioneros sólo ven en él un “emblema obsceno”, que empero significa precisamente lo mismo que los pilares de piedra sin tallar de que nos habla la Biblia, erigidos en honor del masculino Jehovah. Pero esto no obsta para que los pureia de los griegos, los nur-hags de Cerdeña, los teocalli de Méjico, etc., tuviesen en su origen el mismo carácter que las “torres redondas” de Irlanda. Eran lugares sagrados de iniciación.
            
En 1877, la autora de esta obra, apoyada en la autoridad y opiniones de algunos muy eminentes eruditos, se atrevió a afirmar que hay gran diferencia entre las palabras Chrestos y Christos, cuya diferencia tiene profundo significado esotérico; pues mientras Christos significa “vivir” y “nacido a nueva vida”, Chrestos significa en el lenguaje de la “iniciación” , la muerte de la naturaleza íntima, inferior o personal del hombre. Por esto se les da a los brahmanes el título de dos veces nacidos; y “mucho tiempo antes de la era cristiana, había crestianos, y taler eran los esenios”. Por esta afirmación cayeron sobre la autora epítetos de insuperable dureza; pero no se hubiera nunca atrevido a hacerla sin apoyarse en la autoridad de tantos eminentes sabios como pueden consultarse.
            
Así decía en la página siguiente:
            
Hace notar Lepsius que la palabra Nofre significa Chresto (bueno), y que “Onnofre”, uno de los nombres de Osiris, debe traducirse por “la bondad de Dios manifestada”. Según Mackenzie, “la adoración de Christo no fue universal en los tiempos primitivos”, es decir, “que no se había introducido aún la Christolatría; pero la adoración de Chrestos, o el principio del bien, precedió de algunos siglos al cristianismo y aun subsistió después del general establecimiento de esta religión, según demuestran muchos monumentos todavía en pie... Además, hay una lápida epitáfica correspondiente a la época pre-cristiana, que dice:
                                   .....  ..... .....
            
En su obra Roma subterránea  nos da Rossi otro ejemplo en una inscripción de las catacumbas que dice: Elia Chreste, in Pace.
            
La autora puede hoy añadir a todos estos testimonios el de un erudito escritor, que apoya su opinión en demostraciones geométricas. En El Origen de las Medidas, cuyo autor acaso no haya oído hablar del “misterioso dios” Vishvakarman de los primitivos arios, hay pasajes muy curiosos por sus explicaciones y notas. Al tratar de la diferencia entre los términos Chrestos y Christos, concluye diciendo:
            
Hubo dos Mesías. Uno que descendió al abismo para salvar al mundo. Éste era el Sol desposeído de sus áureos rayos, y coronado de espinas como símbolo de dicha pérdida. El otro era el triunfante Mesías que subió a la cima del arco celeste y tuvo por personificación el león de la tribu de Judá. En ambos casos cargó con la cruz: en uno por humillación y en otro para regular la ley de la creación, siendo él Jehová.
            
Y luego el autor trata de darnos “la prueba” de que “hubo dos Mesías”, como se dice antes. Y dejando el divino y místico carácter de Jesús enteramente independiente de este suceso de su vida mortal, el pasaje transcrito lo presenta sin duda alguna como iniciado en los misterios egipcios, entre cuyos ritos se contaba el mismo de la muerte y espiritual resurrección del neófito, o sea el Chrestos sufriente en sus pruebas y nuevo nacimiento por regeneración; pues éste era un rito universalmente adoptado.
            
El “abismo” a que descendía el iniciado oriental, según se ha dicho, era Pâtâla, una de las siete regiones del mundo inferior, gobernada por Vâsuki, el gran “Dios serpiente”. El Pâtâla tiene en el simbolismo oriental precisamente la misma significación múltiple que Skinner ha descubierto en la palabra hebrea shiac aplicada al caso de que tratamos. Era sinónimo del signo zodiacal de Escorpión; porque las profundidades del Pâtâla estaban “impregnadas de la brillantez del nuevo Sol”,representado por el “nuevamente nacido” a la gloria; y Pâtâla era y es en cierto sentido “un abismo, una tumba, el lugar de la muerte y la puerta del hades o sheol”; por lo que, en las parciales y exotéricas iniciaciones de la India, el candidato había de pasar por la matriz de la ternera, antes de proseguir al Pâtâla. En sentido profano, Pâtâla es la región de los antípodas; y así se llaman los indos Pâtâla, al continente americano. Pero, simbólicamente, significa esto y mucho más, y lo relaciona directamente con la iniciación la circunstancia de que a Vâsuki, la divinidad gobernadora del Pâtâla, se la represente en el panteón indo en figura de la misma gran sierpe o Nâga, que los dioses y los asuras emplearon como una cuerda alrededor de la montaña de Mandara para mazar las aguas del océano y sacar de ellas el amrita o agua de la inmortalidad.
            
Porque es ella también la serpiente Shesha que sirve de asiento a Vishnu, y sostiene los siete mundos. Asimismo es Ananta “el infinito”, el símbolo de la eternidad; y de aquí se deriva “el dios de la Secreta Sabiduría” degradado por la Iglesia al papel de la serpiente tentadora, de Satanás. Todo esto puede evidenciarse por los mismos relatos exotéricos de los atributos de varios dioses y sabios, de los panteones indo y buddhista. Dos ejemplos bastarán para demostrar que el mejor y más erudito orientalista será incapaz de interpretar acertadamente el simbolismo de las naciones orientales, mientras ignore los puntos de correspondencia que sólo puede proporcionar el ocultismo y la Doctrina Secreta. He aquí los ejemplos:
            
1º  El erudito orientalista Emilio Schlagintweit, que ha viajado por el Tíbet, cita una leyenda en una de sus obras sobre este país, y dice:
            
Nâgârjuna [personaje mitológico “sin existencia real”, según cree el autor] recibió de los nâgas el libro Paramârtha o, según otros, el Avatamsaka. Los nâgas eran fabulosas criaturas del linaje de las serpientes, que pertenecían a la categoría de seres superiores al hombre, y se consideran como protectores de la ley de Buddha. Dícese que Shâkyamuni enseñó a estos espirituales seres un sistema religioso mucho más filosófico que el enseñado a los hombres, quienes no estaban por entonces bastante adelantados para recibirlos.
            
Ni tampoco lo están ahora; porque el “sistema religioso más filosófico” es la Doctrina Secreta, la oculta filosofía oriental, la piedra angular de todas las ciencias, desdeñada aún hoy acaso más que ayer, por los imprudentes constructores, con la presunción propia de esta época. La alegoría significa sencillamente que habiendo las “serpiente” (los adeptos) “los sabios”, iniciado a Nâgârjuna, los brahmanes lo expulsaron de la India temerosos de ver divulgados los misterios de su ciencia sacerdotal (que fue la verdadera causa de su odio al buddhismo); y entonces pasó a la China y al Tíbet, en donde inició a muchos en las verdades de los ocultos misterios enseñados por Gautama el Buddha.
            
2º  No se ha comprendido todavía el oculto simbolismo de Nârada, el gran Rishi, autor de algunos himnos del Rig Veda, que reencarnó más tarde en los tiempos de Krishna. Sin embargo, en conexión con las ciencias ocultas, Nârada, el hijo de Brahmâ, es uno de los más eminentes caracteres; pues, en su primera encarnación, estuvo directamente relacionado con los “Constructores”, y por lo tanto con los siete “Rectores” que, según la Iglesia cristiana, “ayudaron a Dios en la obra de la creación”. Los orientalistas apenas tienen noticia de esta gran personificación, de quien sólo saben que dijo que Pâtâla “es un lugar de goces sensuales y sexuales”. Este concepto se piensa que es divertido, y ha sugerido la idea de que Nârada “hallaría sin duda deleitoso dicho lugar”. Con todo, la referida frase nos lo presenta simplemente como un iniciado, en relación directa con los misterios, “en el abismo entre los abrojos”, en la condición de “Chrestos sacrificial” y como sufriente víctima que desciende allí; ¡un misterio en verdad!
            
Nârada es uno de los siete Rishis o “hijos de la mente” de Brahmâ. Su historia demuestra que durante su encarnación fue un gran iniciado y que, como Orfeo, fundó los misterios. El Mahâbhârata dice que, habiendo Nârada frustrado el plan formado para poblar el universo, deseoso de permanecer fiel al voto de castidad, fue maldecido por Daksha y sentenciado a un nuevo nacimiento. Además, cuando vivió un tiempo de Krishna, se le acusa de haber llamado “falso maestro” a su padre Brahmâ, porque éste le aconsejó que se casara y él no quiso seguir el consejo. Esto indica que fue un iniciado, pues ello es contrario al culto y religión ortodoxos. Es curioso hallar a este Rishi y caudillo entre los “Constructores” y la “Hueste celestial” con la misma significación y dignidad que el arcángel San Miguel en la religión cristiana. Ambos son los varones “vírgenes” y ambos los únicos de sus respectivas “huestes” que rehusan crear. Dícese que Nârada disuadió de procrear a los Hari-ashvas, los cinco mil hijos que había tenido Daksha con el propósito de poblar la tierra. Desde entonces los Hari-ashvas se “dispersaron por todas las regiones y ya no han vuelto”. ¿Serán acaso los iniciados encarnaciones de estos Hari-ashvas?
            
Al séptimo día, que era el tercero de la prueba final, resurgía el neófito como hombre regenerado que, después de su segundo espiritual nacimiento, volvía a la tierra glorificado y vencedor de la muerte. Ya era hierofante.
            
En la obra de Moor titulada Panteón Hindú (cuyo autor toma equivocadamente por Krishna la figura de Vithoba, el Sol o Vishnu crucificado y lo llama “Krishna crucificado en el espacio”), puede verse una lámina representativa de un neófito oriental en su condición de Chrestos. La misma lámina se da también en la Cristiandad monumental de Lundy, quien ha reunido en su obra gran número de pruebas de “los símbolos cristianos antes del cristianismo”, como él dice. Así nos presenta a Krishna y Apolo como “buenos pastores”; a Krishna sosteniendo la concha cruciforme y el chakra, y al mismo Krishna “crucificado en el espacio”, según el autor lo llama. De esta figura puede realmente decirse, como el autor:
            
Creo que esta representación es anterior al cristianismo... Tiene mucha semejanza con un crucifijo cristiano... El modelado, la actitud, las señales de los clavos en pies y manos, indican origen cristiano, mientras que la corona partha de siete puntas, la carencia de leño y de inri, y los rayos de gloria encima, denotan origen distinto del cristiano. ¿Sería el hombre víctima, o el sacerdote y víctima a la par, de la mitología inda, que a sí mismo se ofreció en sacrificio antes de que existiesen los mundos?
            
Así es seguramente.
            
¿Sería acaso el segundo Dios de Platón que se imprimía a sí mismo en el universo en la forma de la cruz? ¿O es su hombre divino, que habrá de padecer azotes, tormentos y prisión para morir por último... en la cruz.
            
Es todo esto y mucho más. La arcaica filosofía religiosa era universal, y sus misterios son tan viejos como el hombre. El símbolo eterno del Sol personificado (astronómicamente purificado), en su mística significación regenerado, y simbolizado por todos los iniciados en memoria de una humanidad inocente en que todos eran "“ijos de Dios"” Ahora el género humano se ha convertido realmente en "“ijo del mal"” Pero ¿deprime esto en algo la dignidad de Cristo como ideal, de Jesús como hombre divino? De ninguna manera. Por el contrario. Si se le hace aparecer solo, glorificado sobre todos los otros “hijos de Dios”, esto sólo puede suscitar malos sentimientos en las naciones no cristianas, provocando su odio y conduciendo a guerras y turbulencias inicuas. Si, por otra parte, lo colocamos entre una larga serie de “hijos de Dios” e “hijos de la divina Luz”, cada hombre podrá entonces escoger entre aquellos varios ideales, al Dios que invoque en su auxilio y al que adore así en la tierra como en el cielo.
            
Muchos de estos llamados “salvadores”, fueron “buenos pastores”, como lo fue, por ejemplo, Krishna, y de todos ellos se dijo que “quebrantaron la cabeza de la serpiente”, es decir, que vencieron su naturaleza sensual y dominaron la divina y oculta Sabiduría. Apolo mató a la serpiente Pitón, un hecho que lo releva del cargo de ser él mismo el gran Dragón, Satanás; Krishna a la negra serpiente Kâlinâga; y el Thot de los escandinavos aplastó la cabeza del simbólico reptil con su maza cruciforme.
            
En Egipto, las ciudades más importantes estaban sepradas del cementerio por un lago sagrado. La misma ceremonia del juicio, que, según describe el Libro de los Muertos (“ese preciado y misterioso libro”, como dice Buensen) se efectuaba en el mundo espiritual, se cumplía también en la tierra durante el entierro de la momia. Cuarenta y dos jueces reunidos en la orilla juzgaban al “alma” del difunto por los actos de su vida terrena. Después volvían los sacerdotes al recinto sagrado, e informaban a los neófitos sobre el probable destino de aquella alma y del solemne drama que a la sazón tenía efecto en el invisible reino en donde el alma había entrado. El Al-om-jah o supremo hierofante egipcio infundía vigorosamente en los neófitos la idea de la inmortalidad del alma. He aquí un sucinto relato de cuatro de los siete grados de iniciación, en los misterios de crata Nepoa celebrado por los sacerdotes egipcios.
            
Después de pasar en Tebas por las “doce torturas” preliminares, se le exigía al neófito que para salir triunfante dominase sus pasiones y no perdiera ni por un momento la idea de su Dios interno o séptimo principio. Luego, como símbolo de la errante situación del alma impura, había de subir por varias escaleras y vagar por una oscura cueva con muchas puertas cerradas. Terminadas victoriosamente estas pruebas, recibía el grado de Pastophoris, al que sucedían los de Neocoric y Melanphoris. Entonces lo llevaban a una espaciosa cámara subterránea, con gran número de momias yacentes, y quedaba en presencia del ataúd que contenía el mutilado cuerpo de Osiris. Ésta era la Cámara llamada Portal de la Muerte, y a ella alude el versículo del libro de Job: “¿Se ha abierto para ti el portal de la muerte, y has visto las puertas de la sombra de los muertos? “.
            
Así pregunta el “Señor”, es decir, el hierofante, el Al-om-jah, el iniciador de Job, aludiendo al tercer grado de la iniciación. Porque el Libro de Job es por excelencia el poema de la iniciación.
            
Cuando el neófito había vencido los terrores de esta prueba, lo conducían a la Cámara de los espíritus para que ellos lo juzgasen. Entre otras reglas de conducta, se le daban las siguientes:
            
No alimentar jamás deseos de venganza. Estar siempre dispuesto al auxilio de un hermano, aun a riesgo de la propia vida. Enterrar a los muertos. Honrar padre y madre sobre todo. Respetar a los mayores, y proteger a los débiles. Acordarse siempre de la hora de la muerte, y de la resurrección en un nuevo e imperecedero cuerpo.
            
Se recomendaban sobremanera la pureza y la castidad, y el adulterio se amenazaba con la muerte. El neófito obtenía así el grado de Kristophoros. Entonces se le comunicaba el misterioso nombre de IAO.
            
Compare el lector los sublimes preceptos antes citados con los de Buddha, y con las “reglas de vida” de los ascetas indos, y comprenderá la universal unidad de la Doctrina Secreta.
            
Es imposible negar la presencia de un elemento sexual en muchos símbolos religiosos; pero esto de ningún modo merece censura, pues sabido es que en las tradiciones religiosas de todos los países, el hombre de la primera raza “humana” no nació de padre y madre. Tanto los Rishis o “Hijos de la mente de Brahmâ”, como Adam Kadmon con sus emanaciones, los Sephiroth y los Anupâdakas, o "“in padres"” los Dhyâni-Buddhas, de quienes surgieron los Bodhisattvas y Mânushi-Buddhas, los Iniciados terrestres (hombres): la primera raza o especie de hombres, se tenía en todos los pueblos por nacida sin padre ni madre. El Hombre, el "“ânushi-Buddha"” el Manu, el "Enosh” hijo de Seth, el “Hijo del Hombre” como se le llama, nació por engendro, a causa de la inevitable fatalidad de la ley natural de la evolución. Cuando el género humano llegó al punto de conversión, en que su naturaleza espiritual había de dejar paso a la organización puramente física, tuvo que “caer en la materia” y en la generación. Pero la evolución e involución del hombre son cíclicas. Acabará él como principió. Por supuesto, que a nuestras groseras mentes le sugiere ideas de materialidad hasta el sublime símbolismo del Kosmos, concebido en la matriz del espacio después que la divina Unidad hubo penetrado en aquélla y la hubo fecundado con Su santo fiat; pero no le parecía lo mismo al primitvo género humano. 

El rito inicial de la víctima que se sacrifica en los Misterios y muere espiritualmente para salvar al mundo de ladestrucción (realmente de la despoblación), fue establecido durante la cuarta raza para conmemorar un suceso que, fisiológicamente, es ahora misterio de misterios entre los problemas del mundo. En las Escrituras hebreas, Caín (el masculino) y Abel (el femenino) son la pareja que se sacrifica e inmola (como permutaciones de Adán y Eva, o el dual Jehovah) y derrama su sangre de “separación y unión”, con objeto de salvar al género humano e inaugurar una nueva especie o raza fisiológica. Más tarde todavía, cuando, según ya se ha dicho, para renacer una vez más en su perdido estado espiritual, tuvo que pasar el neófito por la matriz de una ternera virgen que se sacrificaba en la ceremonia, representa con ello otra vez un gran misterio alusivo al proceso del nacimiento, o mejor dicho, a la primera entrada del hombre en este mundo, a través del Vâch (la melodiosa vaca que produce alimento y agua), el Logos femenino: También se refiere al autosacrificio del “divino hermafrodita” de la tercera raza; o sea la transformación en verdaderamente física, de la Humanidad tras la pérdida de la potencia espiritual. A causa de saborear alternadamente el fruto del mal con el fruto del bien, se fue atrofiando gradualmente la espiritualidad y vigorizándose la materialidad en el hombre, por lo que fue sentenciado a nacer desde entonces por el proceso actual de la generación. Éste es el misterio del hermafrodita que los antiguos mantuvieron tan velado y secreto. Ni la carencia de sentido moral ni el predominio de la grosera sensualidad les indujo a considerar a sus dioses en aspecto dual; sino más bien el conocimiento de los misterios y procedimientos de la primitiva Naturaleza. Conocían mejor que nosotros la fisiología. Aquí está la oculta clave del simbolismo antiguo, el verdadero foco del pensamiento nacional, y las extrañas imágenes hermafroditas de casi todos los dioses y diosas de los panteones paganos y monoteístas, de casi todos los dioses y diosas de los panteones paganos y monoteístas.
            
Dice Sir William Drummond en su obra Edipo Judaico:
            
Las verdades científicas eran el arcano de los sacerdotes; porque en ellas se basaba la religión.
            
No se comprende que los misioneros recriminen tan cruelmente a los adoradores de Vaishnavas y Krishna, por suponer significado obsceno en sus símbolos; puesto que es indudable para cuantos autores no están cegados por prejuicios, que Chrestos en el profundo (se quiere significar por esto el sepulcro o el infierno), tenía de igual modo un elemento sexual en su símbolo.
            
Nadie lo niega hoy. Los “hermanos rosacruces” de la Edad Media fueron tan buenos cristianos como el mejor; y sin embargo, todos sus ritos se fundaban en símbolos de significado eminentemente fálico y sexual. Hargrave Jennings, biógrafo de los rosacruces y autoridad de peso en la materia, dice de esta Hermandad:
las torturas y el sacrificio del Calvario, la pasión de la Cruz, eran en los rosacruces glorioso y bendito triunfo y magia, protesta y llamamiento.
            
¿Protesta contra quién? La protesta de la Rosa crucificada, el mayor y más secreto símbolo sexual, el yoni y el lingam, la víctima y el matador, los principios femeninos y masculino de la Naturaleza. En su obra póstuma Falicismo, describe Jennigs, en brillantes palabras, el simbolismo sexual en lo más sagrado para los cristianos:
            
La sangre manaba de la corona, del círculo de las espinas del infierno. La Rosa es femenina. Sus aterciopelados y carmíneos pétalos están resguardados por espinas. La Rosa es la flor más bella. La Rosa es la reina del jardín de Dios (la virgen María). Pero no sólo la Rosa es la idea mágica o la verdad; sino que la “rosa crucificada” o la “rosa martirizada” (la gran figura mística y apocalíptica), es el talismán, el prototipo, el objeto de adoración de todos los “Hijos de la Sabiduría” o verdaderos rosacruces.
            
No de todos los “Hijos de la Sabiduría”, ni aun de los verdaderos rosacruces. Porque estos nunca pusieron en tan grosero relieve, en el punto de vista puramente sensual y terreno, por no decir animal, los más nobles símbolos de la Naturaleza. Para los rosacruces era la “Rosa” el símbolo de la prolífica virgen tierra, de la Naturaleza, madre y nodriza de los hombres, representada en la doncella Isis por los iniciados egipcios. Como todas las demás personificaciones de la Naturaleza y de la Tierra, es Isis hermana y esposa de Osiris, puesto que la Tierra y el Sol proceden del mismo misterioso Padre, y el Sol fecunda a la Tierra por divina insuflación, según el misticismo primitivo. En las “Vírgenes del Mundo”, en las “Doncellas celestiales”, se personificó el puro ideal de la mística Naturaleza, y más tarde en la humana Virgen María, la Madre del Salvador del mundo cristiano. La teología adaptó al simbolismo antiguo  el carácter de la doncella judía; y no fue el símbolo pagano el fabricado para esta ocasión.
            
Sabemos por Herodoto que Orfeo, héroe muy anterior a Homero y Hesiodo, trajo los misterios de la India. Poco se sabe de Orfeo, en verdad; y hasta los últimos tiempos, la literatura orfeica, y hasta los mismos argonautas, fueron atribuidos a Onamácrito, contemporáneo de Pisistrato, Solón y Pitágoras, de quien se decía que había compilado estas tradiciones en la forma actual hacia fines del siglo VI antes de J. C., o sea 800 años después de la época de Orfeo. Pero ahora se nos dice que en tiempo de Pausanias había una familia sacerdotal que, como los brahmanes con los Vedas, aprendían de memoria los himnos orfeicos y oralmente los transmitían de generación en generación. Al colocar la ciencia oficial a Orfeo 1.200 años antes de J. C., admite que los misterios, o sea el ocultismo dramatizado, pertenecen a una época anterior a los caldeos y egipcios.

            
Ahora podemos indicar la decadencia y desaparición de los misterios en Europa.

D.S TV

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