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lunes, 10 de agosto de 2015

DHARMA



“FILOSOFÍA DE LA CONDUCTA” 

CAPITULO I

LAS DIFERENCIAS

                                                     Annie Besant


Al hacer nacer, sucesivamente, las naciones sobre la tierra, Dios da a cada una -una palabra especial- la palabra que debe decir al mundo, la palabra particular que viene de lo Eterno y que cada una debe pronunciar. 

Echando una ojeada a la historia de las naciones, podemos sentir resonar esta palabra, saliendo de la boca colectiva del pueblo, pronunciada en sus actos, contribución de este pueblo a la humanidad ideal y perfecta. Para el antiguo Egipto, la pa­labra fue Religión; para la Persia, la palabra fue Pureza; para 

la Caldea, la palabra fue Cien­cia; para la Grecia, fue Belleza; para Roma, Ley; para la India en fin, la mayor de todas, el Eterno da una palabra que resume todas las de­más -la palabra DHARMA.- He aquí lo que la India debe decir al mundo

Pero no podemos pronunciar esta palabra tan significativa, tan grande por la potencia que encierra, sin inclinarnos a los pies de aquel que es la más alta personificación del Dharma que el mundo haya visto jamás; sin inclinarnos ante Bhishma, el hijo de Ganga, la más valiente encarnación del Deber. 

Retroceded conmigo por un momento cinco mil años atrás y ved a este héroe, acostado en su lecho de flechas sobre el campo de batalla de Kurukshetra.



 Allí el tiene a la Muerte en jaque hasta el momento en que suene la hora favorable
Allí encontramos mon­tones de guerreros degollados, montañas de ele­fantes y caballos muertos. 

En nuestro camino tropezamos con piras funerarias y gran canti­dad de armas y carros destrozados. Llegamos hasta el héroe extendido en su lecho de flechas, traspasado por centenares de ellas y reposando su cabeza sobre una almohada de flechas, por­ que él ha rehusado los cojines de suave plu­món para no aceptar más que la almohada de flechas preparada por Arjuna. Bhishma, cum­plidor del Dharma, siendo muy joven todavía, por el amor a su padre, por amor al deber filial, había hecho un gran voto: el de renunciar a la vida de familia y a la corona por cumplir la voluntad de su padre y satisfacer el Corazón paternal y Shantanu, con su bendición, le ha­bía otorgado una favor maravilloso: que la muerte no podría venir a él más que a su lla­mamiento y a la hora en que él consintiere en morir. 

Cuando Bhishma cayó, el sol estaba en su declinación austral y la estación no era pro­picia para la muerte de un hombre que no debía volver. Usó por tanto, el poder que le había dado su padre y rechazó la muerte hasta que el sol viniese a abrirle el camino de la paz eterna y de la liberación.

 Extendido ahí du­rante muchos y largos días, martirizado por sus heridas, torturado por las angustias del inútil cuerpo que le servía de vestidura, vio venir hacia él con numerosos Rishis, a los últimos reyes arios. 

Shri Krishna vino también para ver al fiel guerrero. Allí vinieron los cinco príncipes, hijos de Pandu, los vencedores de la gran guerra. Bañados todos en lágrimas rodea­ron a Bhishma y le adoraron, llenos del deseo de recibir sus enseñanzas. A este héroe sumido en tan crueles angustias vino a hablar Aquel cuyos labios eran los de Dios. 

Él lo libró de la fiebre, le concedió el reposo del cuerpo, la lu­cidez del espíritu y la calma interior y después le ordenó enseñar al mundo la significación del Dharma, a él que durante su vida, lo había en­señado siempre, que nunca se había separado del camino del justo, que como hijo, príncipe u hombre de Estado, había seguido siempre el sendero estrecho. 

Los que le rodeaban solici­taron sus lecciones y Vasudeva le pidió que les hablara del Dharma, puesto que Bhishma era digno de enseñarlo (Mahabarata, Shanti Parva, § 54).

 Entonces se aproximaron a él los hijos de Pandu, teniendo a su cabeza a su hermano ma­yor Yudhisthira, jefe de los guerreros que ha­bían herido a Bhishma a golpes mortales. Yu­dhisthira temía acercarse y hacer preguntas, pensando que siendo en realidad suyas las fle­chas disparadas por tal causa el era responsable de la sangre de su primogénito y que no era conveniente solicitar sus enseñanzas. Viéndole vacilar, Bhishma, que con espíritu equilibra­do, había seguido siempre el sendero difícil del deber sin separarse a derecha ni izquier­da, pronunció estas memorables palabras: "Si el deber de los Brahmanes es practicar la caridad, el estudio y la penitencia, el deber de los Kchatriyas es sacrificar su cuerpo en los combates. 

Un Kchatriya debe inmolar a sus padres, abuelos, hermanos, preceptores, pa­rientes y aliados que vinieren a presentarle batalla por una causa injusta. 

Tal es el deber marcado, oh Keshava. Un Kchatriya que sepa su deber, inmole en el combate hasta a sus mismos preceptores si estos apareciesen llenos de pecado y concupiscencia y olvidados de sus juramentos. Interrógame, hijo, sin ningún "temor". Entonces, lo mismo que Vasudeva, hablando a Bhishma, le había reconocido el derecho de hablar como maestro, éste, dirigiéndose a su vez a los príncipes, expuso las cualidades nece­sarias a los que quieren pedir aclaraciones sobre el problema del Dharma

Que el hijo de Pándu, dotado de inteligencia, dueño de si mismo, pronto a perdonar, justo de espíritu, vigoroso y enérgico, me haga preguntas. Que el hijo de Pándu, que siempre, por sus buenos oficios, honra las personas de su familia, sus huéspedes, sus servidores y los que dependen de él, me haga preguntas. Que el hijo de Pándu en quien están la verdad, la caridad, las penitencias, el heroísmo, la dul­zura, la destreza y la intrepidez, me haga pre­guntas" (Ibíd. § 55.) 

Estos son algunos de los trazos que caracte­rizan al hombre que quisiera comprender los misterios del Dharma. 

Estas son las cualidades que vosotros y yo debemos tratar de desenvolver en nosotros para poder comprender las en­señanzas, para ser dignos de solicitarlas. Entonces comenzó aquel discurso maravilloso, sin igual entre los discursos de la tierra. Ex­puso los deberes de los reyes y de los vasallos, los de cada categoría de hombres, deberes distintos y correspondientes a cada período de la evolución. Todos vosotros deberíais conocer este grandioso discurso y estudiarlo no por su be­lleza literaria, sino por su sublimidad moral. Si solamente pudiéramos seguir el camino que Bhishma nos ha trazado ¡cuanto se aceleraría nuestra evolución! ¡ Como vería la India apro­ximarse la aurora de su redención! La moralidad, asunto relacionado estrecha­mente con el Dharma y que no se puede com­prender sin saber lo que significa el Dharma­ es, para algunos, una cosa muy simple. Esto es cierto visto a grandes rasgos. El bien y el mal, en las acciones ordinarias de la vida, están de­lineados de una manera clara, simple y recta. 

Para el hombre poco desenvuelto, para el de inteligencia estrecha, para el poco instruido, la moralidad parece bastante fácil de definir. Pero para aquellos de profundo saber y de elevada inteligencia, para los que evolucionan hacia los niveles superiores de la raza humana, para los que deseen comprender los misterios, la mora­lidad es cosa muy difícil. "La moralidad es muy sutil" decía el prín­cipe Yudhisthira, llamado a resolver el proble­ma del matrimonio de Krishna con los cinco hijos de Pandu. 

Una autoridad más alta que el príncipe había hablado de esta dificultad. Shri Krishna, el Avatar, en su discurso pronunciado sobre el campo de batalla de Kurukshetra, ha­bía hablado precisamente de la dificultad que tenía para saber actuar. He aquí sus palabras:


"¿Qué es la acción? ¿Qué es la inacción? Sobre este punto los mismos sabios están perplejos. Es preciso distinguir la acción -distinguir la acción ilícita- distinguir la inacción. Misterioso es el sendero de la acción" (Bhagavad Gita, IV, 16-17.)

Misterioso es el sendero de la acción. Mis­terioso, porque la moralidad no es como creen los espíritus simples, una e invariable para todos, puesto que cambia con el Dharma de cada uno. 

Lo que para uno es bueno, para otro es malo y viceversa. La moralidad es una cosa individual; depende del Dharma del hom­bre que actúa y no de lo que a veces se llama el bien y el mal absolutos. Nada hay absoluto en un universo sometido a condiciones variables.

El bien y el mal son relativos y deben ser juzgados relativamente al individuo y a sus deberes. Por eso el más grande de todos los Maestros ha dicho con respecto al Dharma ­y esto nos guiará en nuestra errante marcha: 
Más vale el Dharma propio, aun desprovisto de mérito, que el Dharma de otro, aunque se cumpla bien. Vale más la muerte que se encuentra al cumplir el Dharma propio. El Dharma de otro está colmado de peligros (Ibid, III, 35.) 

Él repite este pensamiento al final de su in­mortal discurso y entonces dice, cambiando los términos de manera de arrojar nueva luz sobre el asunto: Vale más el Dharma propio, aun desprovisto de mérito, que el Dharma de otro bien cumplido. Aquel que se amolda al Karma indicado por su propia naturaleza, no se ex­pone a pecar (Ibid, XVIII, 47), - Desenvuelve más aquí estas enseñanzas y determina para nosotros sucesivamente el Dharma de las cuatro grandes castas.

 Los mismos términos que él emplea nos dan la significación de esta pa­labra que tan pronto se traduce por el Deber, como por la Ley o la Religión. 

Ella significa todo esto y mucho más aun, por que su sig­nificación es mucho más profunda y más vasta que todo lo que esas palabras expresan. Veamos las palabras de Shri Krishna concerniente al Dharma de las cuatro castas: los Karmas de los Brahmanes de los Kchatriyas, de los Vaish­yas y de los Shudras. ¡oh Parantapa,! han sido "distribuidos según los gunas nacidos de sus diferentes naturalezas". 

La serenidad, el im­perio sobre si mismo, la austeridad, la pureza, la prontitud al perdón, lo mismo que la rec­titud, la sabiduría, el conocimiento, la creen­cia en Dios, Son el Karma del Brahman, na­cido de su propia naturaleza. El valor, el es­plendor, la firmeza, la destreza, la temeridad que en el combate hace desconocer la fuga, la generosidad, las cualidades del dominador son el Karma del Kchatriya. nacido de su propia naturaleza. 

La agricultura, el pastoreo y el comercio son el Karma del Vashya, nacido de su propia naturaleza. Actuar como servidor es el Karma del Shudra, nacido de su propia naturaleza. El hombre alcanza la perfección por la aplicación de cada uno a su propio Karma. 

Dice enseguida: Es mejor el Dharma propio, aun sin mérito, que el Dharma de otro bien cumplido. Aquel que se amolda al Karma indicado por su propia naturaleza no se expone a pecar. Ved como las dos palabras Dharma y Karma son tomadas la una por la otra. Ellas nos dan la clave que nos servirá para resolver nuestro problema. 

Permitidme primero daros una definición parcial del Dharma

No puedo daros claramente, de una vez, la definición completa. Os daré la primera mitad y me referiré a la segunda en su oportunidad. 

La primera mitad es esta: El Dharma es la naturaleza interior que ha alcanzado, en cada hombre un cierto "grado de desarrollo y florecimiento". 
Esta naturaleza interior es la que modela la vida exterior, la que se expresa por los pensamien­tos, palabras y acciones y a la que el nacimiento físico ha colocado en un medio favorable a su crecimiento

Lo primero que hay que compren­der bien es que el Dharma no es una cosa ex­terior como la ley, la virtud, la religión o la justicia. 

Es la ley de la vida que se desarrolla y modela a su propia imagen todo lo que le es exterior.
 Para tratar de elucidar este tema difícil y abstruso, lo dividiré en tres partes principales. 

Primera, las diferencias, porque los hombres tienen Dharmas diferentes. 

En el pasaje antes citado ya se hace mención de cuatro grandes clases. Un examen más atento nos demuestra que cada individuo tiene su propio Dharma.

¿Cómo comprender lo que este debe ser? 

A me­nos de comprender hasta cierto punto la natu­raleza de las diferencias, lo que las ha producido, su razón de ser, el sentido que nosotros demos a la palabra diferencias; a menos de comprender como cada hombre muestra por sus pensamientos, palabras y acciones el nivel que ha alcanzado; a menos de comprender todo esto, nosotros, no podemos comprender el Dharma. ­

En segundo lugar, vamos a hablar de la evolución porque necesitamos seguir estas diferen­cias en su evolución. Por último, debemos abor­dar el problema del bien y del mal porque nuestro estudio nos lleva a responder a esta pregunta: 

¿Cómo debe conducirse un hombre en la vida?

 Seria inútil pediros seguirme en pensamientos de una naturaleza difícil si, en consecuencia, no debemos poner en práctica los conocimientos adquiridos y esforzarnos en vivir de acuerdo con el Dharma, mostrando así al mundo lo que la India ha tenido la misión de enseñar.




domingo, 2 de marzo de 2014

El Creador de La Ilusión






Annie Besant

Una vez que ha llegado a permanecer indiferente a los objetos de percepción, el discípulo debe buscar el Ra a de los Sentidos, el Productor del Pensamiento, aquel que la ilusión despierta. "La Mente es el gran destructor de lo Real". Así ha escrito en uno de los fragmentos [1] traducidos por H. P. B., del Libro de los preceptos de Oro, ese exquisito poema en prosa que es una de sus más selectas dádivas al mundo. Y no hay titulo más significativo para la mente que éste el "Creador de la Ilusión".

La mente no es el Conocedor, y debe siempre distinguirse cuidadosamente de éste. Muchas de las confusiones y dificul­tades que llenan de perplejidad al estudiante, se originan de que no recuerda la distinción entre el que conoce y la mente, la cual es un instrumento para obtener el conocimiento.

Es como si el escultor estuviese perfectamente identificado con su cincel. La mente es fundamentalmente dual y material, estando constituida por el Cuerpo Causal y Manas, la Mente abstracta, y por el Cuerpo Mental y Manas, la mente concreta - Manas mismo siendo una reflexión en la materia atómica de aquel aspecto del Yo que es conocimiento.

Esta mente limi­ta el Jivatman, el cual, a medida que aumenta la propia conciencia, se encuentra impedido por ella por todos lados. Así como un hombre que para ejecutar determinada cosa se ponga unos guantes gruesos encuentra que sus manos han perdido mucha parte de su poder de sensación, su delicadeza de tacto, su habilidad para recoger objetos pequeños, siendo sólo capaces de agarrar objetos grandes y de sentir fuertes contactos, así sucede con el Conocedor cuando se reviste de la mente. La mano está allí lo mismo que el guante, pero sus facultades han menguado grandemente en el Conocedor, está allí lo mismo que la mente, pero sus poderes se hallan muy limitados en su expresión.

Limitaremos el término de manas en los párrafos que siguen, a la mente concreta - el cuerpo mental y manas. La mente es el resultado del pensar pasado, y se modifica constantemente por el pensar presente; es una cosa precisa y definida, con ciertos poderes e incapacidades, fuerza y de­bilidad, que son las resultantes de actividades en vidas ante­riores. Es tal como la hemos hecho; no podemos variarla sino lentamente; no podemos trascenderla por un esfuerzo de voluntad; no podemos echarla a un lado, ni quitarle ins­tantáneamente sus imperfecciones. Tal como es, nos pertene­ce; es una parte del No-Yo apropiada y moldeada para nuestro propio uso, y sólo por medio de ella podemos co­nocer.

Todos los resultados de nuestro pensar pasado están presen­tes en nosotros como mente, y cada mente tiene su grado propio de vibración, su esfera propia de vibración, y se halla en estado de perpetuo movimiento, ofreciendo series de pinturas siempre cambiantes. Todas las impresiones que nos vienen de fuera son hechas en esta esfera ya activa, y la masa de las vibraciones existentes modifica y es modificada por la nueva recepción. La resultante no es, por tanto, una reproducción exacta de la nueva vibración, como una com­binación de ella con las vibraciones que ya están actuando. Formando otro ejemplo de la luz, diremos que si ponemos un trozo de cristal ante nuestros ojos y miramos objetos verdes, éstos nos aparecerán como negros. Las vibraciones que nos dan la sensación de lo encarnado son cortadas por las que nos dan la sensación de lo verde, y el ojo se engaña viendo un objeto como negro.

Lo mismo sucede si miramos un objeto azul por un cristal amarillo: lo vemos como negro; en cada caso un medio de color causará una impresión del color diferente de la del objeto mirado con los ojos al desnudo. Aun mirando las cosas con el ojo desnudo, se ven algún tanto distintas, pues el ojo mismo modifica las vibraciones que recibe más de lo que la gente se imagina. La influencia de la mente, como medio por cuyo conducto el Conocedor mira al mundo externo, es muy semejante a la del cristal de color con relación a los colores de los objetos que se ven a través de él. El Conocedor se halla tan inconsciente de esta influencia de la mente, como un hombre que jamás hubiese visto sino por medio de cristales encarnados o amarillos, lo estaría de los cambios que tales cristales verificarían en los colores de un paisaje. En este sentido, tan claro como superficial, es como se llama a la mente el "Creador de la Ilusión".

Nos presenta sólo imágenes desnaturalizadas, una combinación de sí misma con los objetos externos. En este sentido mucho más profundo es, verdaderamente, el "Creador de la Ilusión", por cuanto hasta estas imágenes desnaturalizadas no son sino imágenes de apariencias, no de realidades; sombras de sombras es todo lo que nos presenta. Pero a nuestro objeto presente nos basta considerar las ilusiones causadas por su propia na­turaleza. Muy diferentes serian nuestras ideas del mundo si pudiéramos conocerlo tal como es, aun en su aspecto fenomenal, en lugar de por medio de las vibraciones modificadas por la mente. Y esto no es en modo alguno imposible, aunque sólo puede hacerse por aquellos que han hecho grandes progresos en el dominio de la mente. Las vibraciones de la men­te pueden paralizarse retirando la conciencia de ella; un choque de afuera formará entonces una. imagen que corresponderá exactamente a ella misma, porque las vibraciones serán idénticas en cualidad y cantidad, sin mezcla con las vibraciones pertenecientes al observador. O bien la Con­ciencia puede exteriorizarse y animar como alma el objeto observado y experimentar así directamente sus vibraciones.

En ambos casos se tiene un verdadero conocimiento de la forma. También puede conocerse la idea, en el mundo de los noumenos, de la cual la forma expresa el aspecto fenomenal; pero esto sólo puede hacerse por la conciencia funcionando en el cuerpo Causal, el Karana Shaira, sin los impedimentos de la mente concreta de los vehículos inferiores. La verdad de que sólo conocemos nuestras impresiones de las cosas y no las cosas mismas, excepto como se ha explicado antes, es de vital interés cuando se aplica en la vida práctica. Enseña la humildad y la precaución, así como el deseo de prestar atención a las ideas nuevas. Perdemos nuestra certeza instintiva, de que tenemos razón en nuestras observaciones, y aprendemos a analizarnos antes de decidirnos a condenar a otros.

Un ejemplo puede servir para hacer esto más claro: Encuentro una persona cuya actividad vibratorio se expre­sa de un modo complementario al mío. Cuando nos encontramos nos extinguimos mutuamente; de aquí que no nos agrademos el uno al otro, no vemos nada el uno en el otro y cada uno se sorprende de que fulano crea al otro tan inteligente cuando mutuamente nos encontramos tan estúpidos. Ahora bien: si yo he adquirido algún conocimiento de mi mismo, esta sorpresa ya no tendrá lugar en lo que a mi concierne. En lugar de creer que el otro es estúpido, me preguntaré:

¿Qué es lo que falta en mi que no puedo res­ponder a sus vibraciones?

Ambos vibramos, y si yo no puedo comprender su vida y pensamiento, es porque no puedo reproducir sus vibraciones. ¿Por qué habría yo de juzgarle desde el momento en que ni siquiera puedo conocerle hasta que me modifique lo bastante para poder recibirle?

Nosotros no podemos modificar mucho a los demás, pero podemos modificarnos mucho a nosotros mismos: y deberíamos estar constantemente tratando de llegar a ser como la luz blanca, en la que todos los colores están presentes, que no desnaturaliza ninguno porque no rechaza ninguno, y tiene en si misma el poder de responder a todos. Podemos medir nuestra proximidad a la blancura por nuestro poder de responder a los caracteres más diversos. 


[1] Los citados fragmentos son los que están contenidos en la obra La voz del Silencio, pág. 18.

La Naturaleza del Pensamiento






Annie Besant

La naturaleza del pensamiento puede estudiarse desde dos puntos de vista; desde el lado de la conciencia, la cual es conocimiento, o desde el lado de la forma por cuyo medio se obtiene el conocimiento, y cuya susceptibilidad a las modificaciones hace posible el alcance de éste. En filosofía hay dos extremos que debemos evitar, porque cada uno de ellos ignora un lado de la vida manifestada. Uno considera todo como conciencia, ignorando la esencialidad de la forma para condicionar la conciencia, para hacerla posible. El otro considera todo como forma, ignorando el hecho de que la forma sólo puede existir en virtud de la vida que la anima.

La forma y la vida, la materia y el espíritu, el vehículo y la conciencia, son inseparables en la manifestación y son los aspectos indivisibles de AQUELLO a lo cual son inherentes, AQUELLO que no es la conciencia ni su vehículo, sino la raíz de ambos. Una filosofía que trate de explicarlo todo por medio de la forma, ignorando la vida, encontrará problemas que le será imposible resolver. Una filosofía que trate de explicarlo todo por medio de la vida ignorando las formas, se encontrará con muros espesos que no podrá fran­quear. La última palabra en esto es que la conciencia y sus vehículos, vida y forma, materia y espíritu, son las expresiones temporales de los dos aspectos de la Existencia no condicionada, la cual no es conocida sino excepto cuando se manifiesta como la Raíz del Espíritu (llamada por los indios Pratyagatman) , el Ser abstracto, el Logos abstracto de donde provienen todos los yos individuales, y la Raíz de la materia (Müalprakriti) de donde provienen todas las formas.

Siempre que tiene lugar la manifestación, la Raíz del espíritu da nacimiento a una triple conciencia y la Raíz de la materia a una triple materia; bajo éstas está la Realidad Una, por siempre incognoscible por la conciencia condicionada. La flor jamás ve la raíz de donde crece, por más que su vida toda sale de ella y que sin ella no podría existir. El Yo como Conocedor, tiene como función característica el reflejo dentro de si mismo el       No-Yo. Así como una placa sensible recibe los rayos reflejados de los objetos, y estos rayos causan modificaciones en la materia sobre la que caen, de suerte que puedan obtener imágenes de los objetos, así sucede con el Yo en su aspecto del conocimiento, con refe­rencia a todo lo externo. Su vehículo es una esfera en donde el Yo recibe del No-Yo los rayos reflejados del Yo Uno, haciendo aparecer dentro de él imágenes que son las reflexiones de aquellos que no es él mismo.

El Conocedor no conoce las cosas mismas en las primeras etapas de su conciencia. Sólo conoce las imágenes producidas dentro de él por la acción del No-Yo en su ser respondiente, las fotografías del mundo externo. De aquí que la mente, vehículo del Yo corno Conocedor, haya sido comparada a un espejo en el cual se ven las imágenes de los objetos colocados ante él. Nosotros no conocemos las cosas mismas, sino sólo el efecto que ellas producen en nuestra conciencia; no los objetos, sino las imágenes de los objetos, es lo que vernos en la mente. Lo mismo sucede con el espejo; parece que tiene los objetos dentro de él; pero esos objetos aparentes son sólo imágenes, ilusiones causadas por la mente: en su conocimiento del universo externo sólo conoce las imágenes ilusorias y no las cosas en sí mismas.

Pero, pudiera preguntarse: "¿sucederá lo mismo siempre? ¿no conoceremos nunca las cosas en si mismas?" Esto nos conduce a la distinción vital entre la conciencia y la materia en que la ciencia funciona, y por su medio podremos encon­trar una respuesta a esa pregunta natural de la mente huma­na. Cuando la conciencia, al cabo de una larga evolución, ha desarrollado el poder de reproducción dentro de sí misma, todo lo que existe fuera, entonces la envoltura de materia, en la cual ha estado funcionando, se desprende, y la conciencia, que es conocimiento, identifica su Yo con todos los demás Yos en medio de los cuales ha estado desenvolviéndose, y ve como No-Yo sólo la materia relacionada igualmente con todos los Yos por separado.

Este es el "Día sed con nos­otros", la unión que constituye el triunfo de la evolución, cuando la conciencia se conoce a sí misma y a las demás, y conoce a las demás como siendo ella misma. Por identidad de naturaleza se alcanza el conocimiento perfecto, y el Yo realiza ese estado maravilloso en donde la identidad no perece y la memoria no se pierde, pero donde termina la separación y donde el conocedor y el conocimiento se convierten en uno. 

Esta maravillosa naturaleza del Yo, que se desenvuelve actualmente en nosotros por medio del conocimiento, es lo que tenemos que estudiar a fin de comprender la naturaleza del pensamiento; y es necesario ver claramente el lado iluso­rio a fin de que podamos utilizar la ilusión para transcenderla. Así, pues, estudiemos ahora como el Conocer - la relación entre el Conocedor y lo Cognoscible - se establece, y esto nos conducirá a percibir más claramente la naturaleza del pensamiento. Hay una palabra, vibración, que cada día que pasa se convierte más y más en la nota fundamental de la Ciencia de Occidente, así como desde hace largo tiempo lo ha sido de la de Oriente. El movimiento es la raíz de todo.

La vida es movimiento; la conciencia es movimiento. El movimiento, al efectuar la materia, es vibración. Pen­semos en el Uno, en el Todo, como inmutable, sin movimien­to, puesto que en el Uno el movimiento no puede existir. Sólo cuando hay diferenciación o partes, podemos pensar en el movimiento, por ser el movimiento cambio de lugar en la sucesión del tiempo. Cuando el Uno se convierte en los muchos, entonces surge el movimiento, y éste es vida y conciencia cuando es rítmico y regular y es muerte e in­consciencia cuando es irregular y carece de ritmo. Porque la vida y la muerte son hermanas gemelas, igualmente nacidas del movimiento, el cual es manifestación.

El movimiento tiene que surgir cuando el Uno se convierte en los muchos, puesto que cuando lo omnipresente ocasiona las partículas separadas, el movimiento infinito tie­ne que representar la omnipresencia, o dicho de otro modo, tiene que ser su reflexión o imagen en la materia. La esen­cia de la materia es la separatividad, así como la del espíritu es la unidad, y cuando ambos surgen del Uno, como la nata de la leche, la reflexión de la omnipresencia de ese Uno en la multiplicidad de la materia, es movimiento ince­sante e infinito, pues movimiento absoluto - la presencia de cada unidad en movimiento en todos los puntos del espacio en cada momento de tiempo- es idéntico al reposo, aunque reposo desde otro punto de vista, desde el de la materia, en lugar del punto de vista del Espíritu.

Este movimiento regular da a movimientos correspondien­tes, a vibraciones en la materia que lo envuelve, pues cada Jivatman o unidad separada de conciencia, está aislado por un revestimiento de materia, de todos los demás Jivatmans. Este revestimiento de materia, al vibrar, comunica sus vibra­ciones a la materia que le rodea, la cual se convierte en el medio conductor de las vibraciones, y este medio comunica a su vez el impulso de la vibración a la materia que encierra otro Jivatman, haciendo vibrar esta unidad de conciencia del mismo modo que la primera. En esta serie de vibracio­nes - que principian en una conciencia, en el cuerpo que la encierra, que son comunicadas por este cuerpo al medio circundante, el cual las transmite a otro cuerpo y por éste segundo cuerpo a la conciencia que encierra - tenemos la cadena de vibraciones por cuyo medio el uno conoce al otro. 

El segundo conoce al primero porque reproduce al primero en si mismo y experimenta así lo que él experimen­ta. Pero, sin embargo, con una diferencia, pues nuestro se­gundo Jivatman estaba ya en vibración, y su estado de movimiento, después de recibir el impulso del primero, no es una simple repetición de aquel impulso, sino una combina­ción de su propio movimiento original con el que se le ha impuesto desde fuera, y por tanto no es una reproducción perfecta: obtiénense semejanzas más y más aproximadas, pero la identidad siempre se nos escapa. Esta secuencia de actos vibratorios se ve a menudo en la naturaleza. Una llama es un centro de actividad vibratorio en el éter, llamado por nosotros calor; estas vibraciones u ondas caloríferas conmueven al éter circundante en ondas similares, y sus partículas vibran bajo el impulso, y de este modo el hierro se calienta y se convierte a su vez en una fuente de calor.

Así es como una serie de vibraciones pasa de uno a otro Jivatman y como todos los seres están relacionados por esta red de la conciencia. Del mismo modo, también, en la naturaleza física señalamos diferentes grados de vibración con nombres distintos, llamando a una serie luz, a otra calor, a otra electricidad, a otra sonido; y así sucesivamente; sin embargo, todas son de la misma naturaleza; todas son modos de movimiento en el éter [1], y sólo difieren en grados de velocidad correspondientes a diferencias de densidad en el éter. La Voluntad, el Sentimiento y el Pensamiento son de la misma naturaleza, y difieren en sus fenómenos sólo por la diferencia en su grado de velocidad respectiva y la sutileza relativa del medio. La diferencia especifica del Pensamiento es que sus ondas forman imágenes - como sucede con las ondas luminosas aquí abajo -, y no deja de tener significado que la misma palabra "reflexión" se emplea igualmente en los resultados del movimiento de ondas del pensamiento y del de la luz. Hay una serie de vibraciones en una clase especial de materia y dentro de cierto grado de velocidad, a lo que damos el nombre de vibraciones del pensamiento.

Estos nombres son definidores de ciertos hechos de la naturaleza. Hay cierta clase de éter puesto en vibración y sus vibraciones afectan nuestros ojos, y a este movimiento lo llamamos luz. Hay otro éter mucho más sutil cuyas vibraciones son percibidas, esto es, son contestadas por la mente, y a este movimiento lo llamamos pensamiento. Estamos rodeados de materia de diferentes densidades, y a los movimientos que en ella se producen les damos el nombre según nos afectan, según son contestados por los diferentes órganos de nuestros cuerpos groseros o sutiles. Llamamos "luz" a ciertos movimientos que afectan los ojos; llamamos "pensamiento" ciertos movimientos que afectan otro órgano, la mente. El "ver" ocurre cuando la luz del éter ondula desde un objeto a nuestros ojos; el "pensar" ocurre cuando el éter del pensamiento se mueve en ondas desde un objeto a nuestra mente.

El uno no es más ni menos misterioso que el otro.

Al tratar de la mente veremos que las modificaciones en la disposición de sus componentes son causadas por el contacto de ondas de pensamiento, y que en el pensar concreto experimentamos nuevamente los choques originales de afuera. El conocedor tiene su actividad en estas vibraciones, y todo aquello que ellas pueden contestar o todo lo que ellas pueden reproducirse, es conocimiento. El pensamiento es una repro­ducción dentro de la mente del Conocedor, de aquello que no es el Conocedor, que no es el Yo; es una pintura causada por una combinación de movimientos de ondas, literalmente una imagen. Una parte del No-Yo vibra, y al vibrar en contestación al Conocedor, esta parte se convierte en lo cognoscible; la materia que vibra entre ellos hace posible el conocer poniéndolos en mutuo contacto. De este modo se establece y mantiene la cadena del conocedor, lo cognoscible y el conocer.


[1] El sonido es también, primordialmente, una vibración etérea.

jueves, 27 de febrero de 2014

Los Misterios (Annie Besant)




                                                           
                                                                  Annie Besant


Las ya extinguidas religiones del pasado han sido tan numerosas y diversas como las vivientes lo son en la actualidad. Pero dirigiendo una mirada retrospectiva a la historia antigua para compararla con la moderna, se nota la gran diferencia de no haber en aquella indicio alguno de persecuciones religiosas. Se observa que cada culto tenía su propio dominio, su terreno propio en el que reinaba. Cada nación tenía su religión propia que vivía en buenas relaciones con las de las naciones vecinas, salvo en caso de guerra. Así se vé que en Roma, por ejemplo, se edificó un grandioso panteón donde tenían sitio y eran debidamente honrados los dioses de todas las naciones del imperio romano. Pudieron haber a veces celos o envidia entre las religiones, pero estaban muy lejos de pensar en que debía imponerse determinada religión a todas las naciones; antes bien se consideraba natural que cada nación tuviese su culto peculiar y que los ciudadanos adorasen a su Dios nacional.

Estudiando lo que sucedía en el pasado, se ve que las dificultades a causa de la religión fueron s bien políticas que religiosas. Abandonar la religión del Estado equivalía a traicionar al país, y así vemos que de cuando en cuando se castigaba al que apostataba de su religión. Pero esto se hacía porque pensaban que el tal individuo había renegado de su patria y no porque tuviese opiniones propias en materia de religión, pues es evidente que algunas religiones antiguas consideraban que en lo concerniente a la aceptación intelectual de la doctrina, el intelecto podía desplegarse a su conveniencia, y que no tenía límites el campo del pensamiento.

Por otra parte, en una época relativamente moderna, se vé que las persecuciones religiosas desempeñan un gran papel en la historia de las confesiones rivales. Se vé a los misioneros hacer grandes esfuerzos y repetidas tentativas para convertir a otros pueblos a una religión que no es la de sus antepasados y, no sin razón, se pregunta: ¿de qué procede esta diferencia entre el mundo antiguo y el mundo moderno en materia de tolerancia?

¿De dónde proviene la idea de que todos los pueblos han de aceptar determinada representación de la verdad y abjurar de la religión de sus antepasados, para recibir la traída de un país extranjero?
No es menos significativo que la tendencia a la persecución coincida históricamente con la época en que desaparecen de Europa los Misterios. Con motivo de su gradual desaparición vemos levantarse el espectro de la persecución religiosa, de tal suerte que nos vemos forzados a relacionar los dos fenómenos y a preguntarnos si la desaparición de los Misterios señala el comienzo de las persecuciones.
Cuando examinamos la diferencia entre el culto exotérico y la enseñanza esotérica, cuando consideramos las religiones del pasado y estudiamos los Misterios de otros tiempos, vemos que en el mundo antiguo eran los cultos tan diferentes como la son en el mundo moderno, pero tambien comprobamos que todo culto tenía Misterios en que se iniciaban los individuoss adelantados de cada religión, y en los que se formaban los Instructores de estos cultos. Avanzandos en nuestro estudio hallamos que si la exposición de las doctrinas religiosas en el culto exotérico difería según la nación, el temperamento y las tradiciones de los
ciudadanos, el fondo y esencia de la enseñanza, que pone al individuo en posesión de la Gnosis o
Conocimiento real, el saber místico que substituye la creencia por el conocimiento y permite decir al hombre con toda certeza: "Yo conozco las cosas de los mundos superfísicos», esta enseñanza era en todas partes única e idéntica, y aunque difiriesen los cultos externos, lo que constituía la entraña, el culto interno y fondo de los Misterios era semejante en todos.

Es lo que sucede si entramos al atardecer en una catedral. Vemos que la luz penetra por los ventanales y toma el color de la vidriera de modo que quien solo viese la luz de un ventanal en el interior del templo diría que es roja, al paso que otra persona colocada ante otra vidriera diría que es azul, y una tercera persona podría a su vez afirmar que amarilla, y una cuarta que violeta. Esto es lo que ha sucedido con las religiones exotéricas del mundo; cada una tiene su propio color, su manera propia de exponer las verdades espirituales, y quienes detienen la vista en el culto externo afirman que las religiones difieren unas de otras, y que no la misma la luz de la verdad se abre paso a través de cada una. Pero vosotros los teósofos, si entrais en la catedral de que he hablado sólo veréis la luz blanca, y os daréis cuenta de que la diferencia de color está en las vidrieras y no en la luz. Asímismo al entrar en el templo de los Misterios, veréis que la verdad es única, aunque pueda estar expresada de difel-entes maneras, y que si los matices que afectan los diferentes cultos son tan diferentes como los colores del arco iris, no hay en el interior del templo de los Misterioss que la blanca luz de la verdad. Creo que gracias a este conocimiento basado en los hechos, y por lo tanto invariable, mientras que el lenguaje en que los hechos se exponen varía con el orador; gracias a que en el corazón de todas las religiones antiguas palpitaban los Misterios, reveladores de la verdad una, no mancillaron el mundo antiguo las persecuciones religiosas. Los instructores de entonces sabían que no hays que una sola verdad, aunque los pueblos difieran en su manera de comprenderla cuando está velada por las formas externas del dogma, ritos y ceremonias.

De esto se desprende que, si hoy deseamos persuadir a las religiones del mundo a que confraternicen y no sigan pors tiempo luchando entre, será preciso en primer término descubrir la fuente de común orígen en donde todas puedan también encontrar sus instructores. Debemos por lo tanto, trabajar, anhelar y esperar el restablecimiento de la antigua institución de los Misterios para iluminar y ayudar al mundo. Debemos estudiar y vivir de tal suerte que encontremos discípulos capaces por el ardor de sus aspiraciones, pureza de vida y profundidad de conocimientos, de atraer de lo alto a los grandes instructores y de mostrarse dignos de que los instruyan hombres perfectos, cuyosconocimientos sobrepujan a los de la ciencia terrena.

Reflexionemos sobre lo que eran los Misterios. Consideremos las fases por que pasaron y digamos si es posible encontrar hoy elementos de donde salieran discípulos dignos de instrucción. Jamás en los mundos superiores hay parsimonia en la dispensación de la verdad. Nunca proviene de lo alto el obstáculo que impide el derrame del conocimiento en el mundo, sino que en nuestro mundo terrestre, en la rebeldía del espíritu humano está el impedimento para que la verdad arraigue. En la tendencia moderna de hacer sin cesar objeciones y preguntas, reside la dificultad que se opone a la restauración de los Misterios. El mundo levanta las barreras que obstruyen el paso de la verdad. Sin embargo, estas condiciones, en apariencias deplorables, estaban previstas en el gran plan de evolución. No hay nada que esté fuera de este plan, y si a veces pensamos que las cosas van mal, es por cortedad de nuestra vista, porque no somos capaces de ver la totalidad del plan y juzgamos unicamente por la porción que percibimos. La gran evolución de la humanidad se extiende por millares y millares de años, y un millón de años es, para las grandes inteligencias que presiden la evolución, como una para nosotros. En la ejecución de tal plan, en el desenvolvimiento gradual y sucesivo de sus etapas, nadie queda olvidado, ni aun los malvados. Todos tienen su lugar en la senda de la evolución, y el arquitecto que trazó el plan sabe bien qué edificio ha de levantar.

Para el desarrollo de la humanidad, para la evolución superior del hombre, fue necesario un período en que nuestra inteligencia desarrollase el indócil aspecto de inquirir y razonar, sin el cual no hubiera podido conocer el mundo inferior. Era conveniente que en un remoto pasado, las infantiles naciones elevasen los ojos hasta los divinos instructores y aprendiesen docilmente las lecciones que les daban estos maestros divinos. Pero era
igualmente conveniente que a medida que crecía la joven humanidad, desarrollase los poderes de la virilidad, lo que no hubiese sucedido si siempre hubiera sido conducida como con andadores por los grandes seres que la habían guiado. Así llegó tiempo en que los instructores dijeron al adolescente: " Vé hijo mío, vé al mundo y descubre en él por tí mismo la verdad. Desarrolla en tí el conocimiento, que es uno de los aspectos del Espíritu.divino, y conquista, por tu propia fuerza, el conocimiento que el mundo puede desenvolver en , pues tarea peculiar tuya es dominar el mundo inferior, descubrir las leyes de la naturaleza y encontrar tu sendero mientras el guía permanece temporáneamente invisible.»

Pero así como el padre vela por su hijo con tierno amor mientras éste lucha en la vida, y siempre está dispuesto a ayudarle con sus consejos cuantas veces sea necesario, de la propia manera
obran los Padres de la raza, los Hermanos Mayores que alcanzaron la perfección antes de que los s jóvenes empezasen a remontar la escala de la evolución Aunque fuera de nuestra vista, vigilan sin cesar por la joven humanidad, y aunque invisibles para los ojos físicos, están siempre cerca de ella, dispuestos a socorrerla. Mientras ocultaron sus externas formas guiaron a las naciones tan positivamente como cuando permanecieron personalmente en la Ciudad de las Puertas de Oro, de la Atlántida, o en la Ciudad Blanca, de Shambala, en los comienzos de nuestra raza aria.

Pero los tiempos han cambiado con el consiguiente cambio de métodos, y con razón se ha dicho que la evolución no es una escala ascendente, sinos bien una espiral que vuelve sin cesar sobre si misma elevándose gradualmente a medida que la evolución progresa.

Así vuelve de nuevo lo pasado a presente, pero un presente de un nivel superior al camino recorrido por la humanidad en el pasado, y están cercanos los tiempos de la restauración de los Misterios porque hoya se preparan los discípulos, y como dice el antiguo adagio: Cuando el discípulo esté presto, aparecerá el Maestro.

Trasladaos con el pensamiento a la época en que se instituyeron los Misterios y daos cuenta de cuál era su función. La religión externa o exotérica ordena, manda y dice: «Harás esto, no harás aquello». Esta religión exterior mantiene al hombre en el camino recto por la autoridad exterior y superior a él, por un código de moral y reglas de conducta que los hombres obedecen sin como prender frecuentemente su razón, y unicamente por que un profeta las declaró, porque sus preceptos están contenidos en una Escritura Sagrada, porque una Iglesia ha proclamado sus

mandamientos y porque la tradición dice: «Tal es el camino, seguidle».Por esta manera de instruir, por este código de moral, por este sistema de leyes, se forma el hombre de bien, el ciudadano digno, el amante marido y buen padre, siempre dispuesto a trabajar por su país, al que todos miran y admiran por su enérgico carácter y noble conducta. Pero la perfección no consiste solamente en esto. Un sabio dijo, hace mucho tiempo: «La leyes un maestro de escuela para conducirnos a Cristo». En efecto, llega una hora en la evolución humana en que termina la obra de la ley externa por que se desarrolla interiormente la ley del espíritu, hora en que ya no guía al hombre un mandato externo, sino una autoridad interna, cuando solo habla el Dios interno y no el Dios externo. Precisamente los Misterios explayan el Dios interno y transmutan al hombre de bien en hombre perfecto, en que el escondido Dios brille y se manifieste en toda su gloria.

Así vemos que en la escuela de Pitágoras, eran muchos los que al recibir las enseñanzas externas aprendían las virtudes cívicas y sociales, y llegaban a ser modelos de virtud y gloria de la antigua Grecia. Pero esto no eras que el atrio del templo, el aspecto correspondiente al mundo exterior, el anteumbral de los Misterios. Porque habia otra escuela, secreta y oculta, en donde podían ser admitidos quienes habían alcanzado el bien, y en la que el hombre de bien se convertía en un Dios. Tal era el objeto de los Misterios: admitir al hombre de bien que había dominado todas las tentaciones ordinarias, que había llegado al punto en que el mundo ya no le atraía ni le dominaba, que había desenvuelto en sí las esenciales virtudes, base de todo el edificio moral, y era capaz de atravesar el atrio para acompañarle al Templo en donde se le enseñaba a educir los poderes del Dios interno y a moldear y transmutar sus materiales vestiduras en vehículos de las fuerzas divinas, en lugar de ser obstáculos para ellos como le sucede en el mundo a la mayoría de las gentes.
Los Misterios enseñaban al hombre, en primer término, a purificar sus vestiduras materiales, no solamente de los pecados comunes entre los hombres y de las ordinarias pasiones de la humanidad, sino sutilizarlas de modo que lograra distínguirlas una de otra a fin de vivir consciente y deliberadamente en la material mansión de la que es habitante y no prisionero. Porque la mayor parte de los actuales hombres viven como prisioneros en la mansión de carne en que habitan. Ignoran que existe una llave capaz de abrirles las puertas; no saben que la llave está en ellos mismos y no en poder ajeno; piensan que la muerte tiene la llave y que sólo la muerte puede abrir la puerta del cuerpo para que el espíritu se eleve, libre e inmortal a conocer su naturaleza divina. Pero no es así.

Los Misterios enseñan, por el contrario, que el cuerpo no es una prisión, sino una morada con llave para abrir las puertas y salir a voluntad. Así los discípulos aprendían primeramente cómo, por intensa y profunda meditación, era posible substraerse de la envoltura externa, y fijar temporaneamente la vida en lass sutiles vestiduras internas. Aprendían los discípulos a separar lo grosero de lo sutil, a educar los sentidos sutiles por el mismo método con que la naturaleza educó los sentidos físicos a través de inconmensurables espacios de tiempo. Aprendían que los poderes reales de la visión y de la audición residen en el hombre espiritual, y no en el cuerpo de que está revestido, de suerte que el cuerpo debía valerse de órganos para servir a las fuerzas espirituales, pues de por sí no eras que un obstáculo, hasta que transmutada y moldeada la materia por el espíritu para sus propios fines, llegaba a ser el cuerpo un instrumento adecuado.

Estos Misterios n existen bajo la dirección de la Gran Jerarquía Blanca, cuyos miembros son los únicos seres que tienen el derecho de conceder o denegar la entrada.

En verdad, jamás la tierra ha estado privada de los verdaderos Misterios. Han existido siempre, porque se hallan en manos de los Hombres perfectos, que revelan a sus neófitos las realidades de los mundos superiores, enseñándoles a familiarizarse consciente y deliberadamente con ellos, de
la misma manera que el científico de hoya comienza a familiarizarse con el mundo fisico.

Aun en nuestros días, en los verdaderos Misterios, cuando la puerta de la iniciación se abre ante el neófito que, una vez preparado, ha sido conducido hasta la entrada, este neófito se desprende de su cuerpo físico para iniciarle primeramente en su cuerpo astral, y ponerlo a prueba, sin que conozca el manejo de los poderes de este mundo astral ni la manera de hacer servir sus influencias en beneficio de la humanidad. Cuando llegue este caso, que se presenta de cuando en cuando, y leáis la descripción de las pruebas de los Misterios, y de los obstáculos que hay que vencer, advertid que estas pruebas están relacionadas con el saber y el poder y no con el endurecimiento físico, como se relata en las historias mal llamadas ocultistas, que mencionan el paso a través del fuego, del agua y de todos los elementos terrestres.
Estas no son s que las primeras y las s elementales de las pruebas que esperan al neófito en el plano astral, y son a propósito para el hombre que ha de demostrar al maestro su capacidad de dominar las fuerzas de la naturaleza por el conocimiento, única fuente de poderío. Porque en el mundo en que estéis, ya en este bajo mundo en que viven los hombres, o en la altísima región del mundo nirvánico, sólo el conocimiento da poderío. El conocimiento permite a los hombres mandar, y como justamente se ha dicho, para el espíritu no está velada ninguna región de la naturaleza.

Por esto se designaba en tiempos pasados con el nombre de Gnóstico (que significa "el que sabe", al hombre que debía entrar en el Templo de los misterios. Toda iniciación implica una dilatación de conciencia. Cada vez que atraviesa una puerta, la siguiente no se abre sino despues de adquirir suficientes conocimientos para mover la llave en la cerradura. A medida que estudieis las iniciaciones sucesivas, encontrareis que cada una comprende los tres grados de neófito, candidato e iniciado, para penetrar en mundos cada vez s superiores, donde prueban que son capaces de manejar sus fuerzas, de emplear sus influencias y de perseguir siempre el sólo y único fin de llegar a sers útiles a sus semejantes y ayudar a los que emprenden unas rápida vía
de progreso, o un caminos corto, que conduzca a la felicidad.

En efecto, la adquisición del conocimiento sólo se justifica por el uso que podais hacer de él para servir, y aquellos en cuyo poder están las llaves del Conocimiento no las pondrán sino en manos de quien se haya mostrado ansioso de servir, haya sojuzgado los deseos de su yo inferior, y se haya entregado a la voluntad de su Yo superior que no conoce otra voluntad que la de Dios.

Por un instante apartamos nuestras miradas de estos altos Misterios, de que aun al presente se habla en el mundo exterior cons frecuencia que en el pasado, encontramos que en otros tiempos existían muchas escuelas preparatorias de los Misterios de grado inferior, que gradualmente disponían a los neófitos para los Misterios superiores. y que algunas de estas institucionesn hoya existen. Siempre se encuentran escuelas ocultas diseminadas por nuestro globo, y todas ven únicamente el fin de sus aspiraciones en la Gran Fraternidad Blanca. Estas escuelas marchan en muy distintas direcciones. siguiendo cada una la a por que fue orientada en otros tiempos. Difieren en sus caractéristicas, en sus métodos y sus maneras de instruir, pero todas se dan cuenta de que preparan a los candidatos para los verdaderos Misterios, presididos por la Gran Jerarquía. y si nos remontamos al pasado vemos que era efectivamente conocida la existencia de los Misterios menores, si bien sus métodos de enseñanza permanecian ocultos.

Encontramos, por ejemplo, que en la evolución de las religiones, hubo un estado en que los discípulos no pudieron ya dejar a voluntad su cuerpo físico para acudir al Templo de los Misterios, único lugar donde podía conferirse la gran Iniciación.

Puede que alguno de vosotros sepa que en comunicación con las Pirámides de Egipto había cámaras de iniciación desprovistas de puertas, porque el no destinado a entrar no podía pasar a traves del muro que rodeaba el Templo, y aquellos que podían a voluntad dejar el cuerpo físico no tenian necesidad de puertas, porque únicamente el cuerpo sutil llegaba a presencia de los Hierofantes de los Misterios. Por la misma causa existen n en Irlanda antiguas torres que han preocupado mucho a los arqueólogos, porque no tienen abertura alguna de entrada. Las puertas son, en efecto, inútiles para el hombre que sabe utilizar sus cuerpos sutiles, porque no hay muros que le detengan ni puertas que se le cierren. Nada hay que pueda impedirle ir donde desee, nada en esta tierra que pueda levantarse como barrera a su paso. Así es que en los Misterios de tiempos pasados, tanto superiores como inferiores, sólo podían ser admitidos en el sendero de iniciación quienes sabían hacer uso de sus vehículos sutiles.

Pero llegaron tiempos en que los candidatos no pudieron ya dejar a voluntad sus cuerpos físicos, y hubo necesidad de otro método. Se sumerge entonces al neófito en un sueño mágnetico o hipnótico tocándole con lo que en la Grecia antigua se llamó el tirso, que era una varita originariamente llena de fuego vivo, y cuyo contacto, rompiendo de pronto los lazos entre los vehículos inferiores y los superiores, permitía al espíritu funcionar libremente en el interior de su vehículo astral y tener en él conciencia de la vida superior.

Por esto vemos en alguna pintura al fresco, o en antiguas esculturas, un sacerdote en pie con una varilla terminada en cono en las manos. Esta era una de las formas de la Varilla de Poder que se usaba entonces y que se aplicaba a lo largo de la columna vertebral hasta el punto de enlace con el cráneo.

A medida que la varilla ardiente remontaba la columna vertebral, se replegaba el cuerpo astral sobre si mismo, siguiendo la ascensión de la varilla, hasta el momento en que tocando ésta la cabeza, dejaba escapar el cuerpo astral, por el cráneo, libertándole para alcanzar los mundos superiores.

s tarde perdióse tambien este poder, continuando el mundo su descenso a los abismos de la materia. Permanecieron sólo disponibles los poderes de la visión y de la audición astrales, por cuyo medio se instruía a los candidatos, mostrándoles cuadros animados, modelados en materia astral, que representaban las realidades de otros mundos. No actuaba entonces el candidato en el mundo astral, sino que tan sólo se le mostraba un cuadro del mismo, pero tan animado, que le proporcionaba muchas informaciones, y aun en nuestros dias, este es el método de enseñanza comunmente empleado. Cuando los cuadros animados compuestos por los grandes Instructores se muestran del modo dicho, se encuentra en ellos la reproducción de la historia del pasado. Así se representa en la materia del plano astral la gran obra de la construcción de los mundos; el discípulo estudia este cuadro a medida que ante él se desarrolla, y comprende, mejor que por la palabra, cuan real es esta historia del pasado.

Descendiendons la humanidad. vemos que también perdieron este poder los oficiantes de los Misterios, y llegamos a un estado, que mencionan los autores griegos, en que la enseñanza debía representarse en escenas de nuestro mundo físico y no por los animados cuadros del mundo astral. Se trataba entonces simplemente de hombres que se habían ejercitado en representar escenas que servían de complemento a las lecciones que los neófitos debían aprender. El mundo astral estaba representado por una escena dramática, o por animales que simbolizaban las pasiones, y en las que hombres vestidos de pieles y con caretas de animales rodeaban al candidato a los Misterios, tratando de espantarle y hacerle retroceder, de tal manera que si el neófito conservaba en su fondo algún gérmen de vicio, este enemigo interior, encerrado en la ciudadela de la mente, respondía a la amenaza externa que le hacía el actor que representaba el vicio, y el hombre, aterrado, viendo, por así decirlo, manifestado el vicio en una forma exterior, retrocedía sin atreverse a afrontar a su enemigo ni llegar al fin de la prueba.

Continuaron así los Misterios hasta el advenimiento del Cristianismo, y si leeis los primitivos libros cristianos, principalmente los escritos por los Padres de la Iglesia, de los discípulos de los Apóstoles, y de los autores que les sucedieron, encontraréis en ellos sus huellas. Leed a San Clemente de Alejandria y las obras de Orígenes, tal como las poseemos, y veréis que, en los orígenes del Cristianismo, existían los Misterios -los verdaderos Misterios de Jesús- comparables, en cierto modo, a los de tiemposs antiguos.
Y efectivamente, tambien había en los primeros tiempos del Cristianismo dos clases de instrucción.
En un principio las enseñanzas estaban en poder de quienes,-según declaran Orígenes y San Clemente- habían sido instruidos en las enseñanzas dadas secreta y oralmente por el Cristo, cuando vivía entre los hombres. Recordaréis que dijo a sus Apóstole s-«A Vosotros es dado saber el Misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera por parábolas todas las cosas»- (Marcos, 4:11). Y actualmente la Iglesia se contenta con parábolas, y no parece advertir que le faltan las enseñanzas interiores que explican los Misterios de Dios.

Estos conocimientos perpetuados por la tradición, y que sucesivas generaciones de hombres dignos y santos se transmitian oralmente, constituían las primeras enseñanzas de los Misterios, de las que dice Orígenes que dió en secreto el Cristo a sus propios discípulos.

Despues había otros Misterioss elevados en los que se enseñaban los secretos de los mundos superiores, no ya por labios humanos, sino por labios sobrehumanos, como se puede
ver en San Ignacio de Antioquía, o en San Ireneo, quienes declaran que los instructores de los primitivos Misterios cristianos eran los ángeles o seres sobrehumanos que asistían a los individuos que, despues de recibir oralmente el conocimiento transmitido, habían sido juzgados dignos de aprender de los mismos ángeles esta enseñanza superior y de relacionarse directamente con los habitantes de los mundos sutiles.
Según ya se ha dicho, esto mismo ocurría en Grecia y Egipto en donde, los llamados ángeles por los cristianos, y las religioness antiguas llaman seres brillantes o devas, revelaban los Misterios de los mundos superiores.

En el Cristianismo primitivo existían los Misterios, tras el culto exterior, como en cualquiera de las antiguas religiones. Se bautizaba a los hombres en la Iglesia cristiana, pasando enseguida por la Comunión y utilizando de este modo las formalidades externas dejadas por el Cristo para ayudar a los creyentes. Pero recordad que San Pablo dijo: «Hablamos sabiduría entre los perfectos» (1 Corintos 2: 6.) Declara asímismo que no se dé enseñanza superior a quienes, aunque bautizados y admitidos a la comunión, eran todavía «niños en Cristo».

Pero todo esto desapareció, aunque no por completo, porque los verdaderos Misterios siempre subsisten, con la sola diferencia de que por lo menos en Occidente se cerró el camino para llegar a ellos. En efecto, no existían escuelas intermediarias en que los fieles pudieran recibir instrucción. No queda s que la tradición para atestiguar que tales Misterios existen o habían existido, y solamente, de tarde en tarde, surje un hombre que instruido personal e individualmente en estas
cosas, llega a ser bastante esforzado para abrirse paso hasta los Misterios, por siempre existentes en manos de la verdadera Fraternidad de los Maestros de
Sabiduría. Sin embargo habían algunos centros de estudios de esta clase. Hallaréis sus huellas en la literatura antigua y en la de la Edad Media, y os comunicaré una palabra que sirve de clave para hallarlas, aunque sin conocer exactamente su significado. Cuando entre los libros antiguos encontréis uno designado bajo el nombre de Rosario, sabed que este es el nombre que daban en la Edad Media a los libros Secretos, en que el alquimista, el astrólogo y el investigador, en demanda de sabiduría secreta, escribían jeroglífica y simbólicamente las verdades que conocían, pero que no osaban exponer abiertamente. Porque no olvidéis que hablamos del tiempo de las persecuciones, del tiempo en que los hombres no osaban decir las cosas que sabían por miedo a que la religión exóterica los condenase a la hoguera y que los conocimientos materiales destruyesen la verdad espiritual. Pero a pesar de todo había algunos grupos de estudiantes y de sabios, porque en la tierra jamás se rompió del todo la cadena. Solamente que los hombres no sabían a donde dirigirse; buscaban sin cesar y no encontraban instructores, y los que entonces sabían recelaban de comunicar su saber por temor a que un llamado discípulo fuese un espía o un traidor y los pusiera en riesgo de muerte. Conocida es la terrible tragedia de los Templarios, que tenían algunos conocimientos de los Misterios ocultos, como lo prueba que en la tortura algunos de ellos divulgaron fragmentos de conocimientos por los cuales se les hizo condenar. Recordaréis que en el tormento declaró un Templario que por estar iniciado en los Misterios debía marchar sobre la Cruz, y esta palabra simbólica fué, quizá por ignorancia, tomada como prueba de impiedad y condenado por blasfemo. Y, sin embargo, esto significa que el hombre pone su fé sobre la Cruz que le eleva hasta el conocimiento, y que si posaba sobre ella un instante sus pies, era para que la Cruz le elevase hasta un medios puro, en donde se enseñaban algunos misterios inferiores.

La gran Sociedad de la Franc-Masonería es un organismo que ha subsistido desde los días en que desaparecieron los Misterios, y fué en su origen depositaria del simbolismo y uno de sus canales, aunque la mayor parte de sus actuales miembros no saben lo que poseen, y en general desconocen los símbolos, cuyas expresiones, pero no sus realidades, diputan por sabiduría. Los francmasones han conservado en símbolos lo que han perdido en saber, con el fin de atestiguar que nunca desapareció la sabiduría por completo de la tierra.

Continuando nuestra investigación a través del pasado, vemos que, procedente de Oriente, llegó a
Europa Christian Rosenkreutz para fundar la muy conocida Sociedad de los Rosacruces. Digo
«muy conocida» porque la menciona la historia, aunque los ignorantes crean que se trata de un mito y no de un hecho histórico, olvidando que frecuentemente el mito y la leyenda son la historia de una gran verdad en ellos encubierta. Christian Rosenkreutz era un discípulo de la Sabiduría y había sido enviado por la Gran Fraternidad para reavivar en Europa la llama del conocimiento.

De esta primera Sociedad Rosacruz salieron los doce Hermanos que restablecieron en Europa las bases de la ciencia, cultivaron la alquimia, de que derivó la química, y enseñaron la astrología, de que nació la astronomía, y de este modo cimentaron las bases de los modernos conocimientos. El verdadero conocimiento proviene de las regiones superiores para descender al mundo material, y no nace en el mundo inferior para elevarse a las regiones superiores. Entonces comenzó a reflorecer en Europa la ciencia, y fué posible la lenta y gradual difusión del conocimiento. Podéis seguir las huellas de muchas Sociedades secretas, ligadas todas entre sí, aunque con diferentes nombres, que enseñan todas un mismo
conocimiento, cuyo fin era preparar a Europa para la restauración de los Misterios en forma más amplia y efectiva.

Así llegamos a los siglos XVII y XVIII en que el misterioso personaje Conde de San Germain trabaja con nuestro antiguo instructor H. P. Blavatsky , miembro entonces de una gran familia austriaca quen lleva el nombre de Zimsky. Se vió entonces a estos dos hermanos, discípulos de la Gran Logia, trabajar sin descanso a fin de que Europa pudiese acrecentar sus conocimientos. Después se vieron detenidos por una barrera porque trataron de modificar por el conocimiento el estado de cosas existentes, y el conocimiento cayó entonces en manos de gentes no dispuestas para recibirlo. En efecto, el hambre, la miseria, la tiranía, el sufrimiento y la corrupción, tanto en la Iglesia como en el Estado, gra vitaban sobre los instructores que trataban de guiar a los hombres hacía el conocimiento, y el tremendo estallido de la Revolución Francesa levantó olas de sangre que interrumpieron las enseñanzas esotéricas. A pesar de esto, ciertos individuos recibieron entonces, en algunos puntos, esta enseñanza, hasta ela en que los dos precitados instruetores, hermanos ya en el pasado, pudieron reanudar su obra en mayor escala. Lo que había fracasado en el siglo XVIII fué, en efecto, intentado de nuevo en el siglo XIX en otras condiciones, fundándose y afirmándose por ellos las bases de la Sociedad Teosófica. Permaneció uno de ellos oculto, porque había alcanzado el nivel de Maestro y ya no trabajaba abiertamente entre los hombres.

El otro era H.P.Blavatsky , la noble dama rusa a quien se debe la fundación de la Sociedad Teosófica y, en gran parte, su vida actual. Comenzaron entonces los preparativos para la restauración de los Misterios; y el hermano de quien un Maestro ha dicho: «El Hermano que conocéis con el nombre de H.P.Blavatsky, pero no con otro», este hermano comenzó a echar los cimientos de los Misterios que,s tarde, serán plenamente restablecidos entre nosotros, instituyendo en el seno de la Sociedad Teosófica una Escuela preparatoria.
Desde que los Misterios desaparecieron de Europa, se mostró entonces a los hombres por vez primera la verdadera Via para que pudiesen avanzar, indicando el camino hacia los Maestros que la fundaron, y la Escuela instituida por su mensajero traza la senda que ha de seguir el discípulo para llegar al Portal de los verdaderos Misterios. De nuevo se proclama la existencia del Sendero, y prestos se hallan los Instructores a comunicar la enseñanza.

Una vez s resuena en el mundo entero la promesa de las Escrituras induistas: «Despiértate, levántate, busca a los grandes Instructores y presta atención porque el sendero es estrecho y aguzado como el filo de una navaja de afeitar» . Este grito ha sonado de nuevo, y hay oidos para escucharlo y labios dispuestos a responder.
De este modo, en nuestra época, en nuestros mismos días, en las numerosas naciones de este nuestro mundo mortal, hay Discípulos que reciben la enseñanza con el fin de que sea posible el

gradual restablecimiento de los Misterios y restituirlos a lo que eran en el pasado, y se encuentran también Portales que conducen a los verdaderos Misterios, regidos por el directo gobierno de la Gran Fraternidad.

Nuestro título de gloria es saber para qué trabajamos, y nuestro privilegio el de ser colaboradores conscientes en la ejecución del plan en que trabajan los Maestros a fin de difundirlo por la tierra. Pero jamás debemos nosotros fijar Sus límites ni señalar Su pujanza, sino mostrar Su amor y compasión, pues pueden hacer llegar a Ellos a los hombres desde donde les convenga, si bien, hoy dia, solamente hay una ruta francamente indicada, por la que con seguridad se llega a encontrarlos.
De modo que el sendero está libre; el portal exterior completamente abierto y cuantos lo deseen pueden entrar en él. Pero en lo que concierne a los Misterios no sucede lo mismo. «Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida eterna, y bien pocos son los que le hallan». Mateo 7:14.
Pocos hay al presente, pero habrá un número cada vezs considerable a medida que los años transcurran; pocos hay hoy dia, pero acrecerá grandemente su número durante los dias venideros. Porque poderosas fuerzas se explayan sobre nuestro mundo. Se han abierto las puertas del
mundo celeste, y la vida y la pujanza se vierten sobre el mundo de los hombres.
Gran dicha es que vuestro karma os haya hecho nacer en estos propicios días, y gran ventura que en ellos vivais. Pero mil vecess felices seríais si se despertase en vosotros la intuición,
esa voz del Espíritu que habla a fin de que podais responder al llamamiento de los Maestros y franquearos un camino para llegar a sus pies.


Aparecido en "El Loto Blanco" de Octubre 1917, traducido de «Le Lotus Bleu»