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jueves, 27 de febrero de 2014

Ante el Velo- Isis sin Velo Tomo I (Parte 1) b






Platón llama epopteia, o visión personal, la perfecta contemplación de lo aprendido intuitivamente o sean las verdades e ideas absolutas. También considera la coronación como símbolo de la autoridad recibida de los instructores para conducir a otros a la misma contemplación. El quinto grado es la mayor felicidad terrena y, según Platón, consiste en asimilarse a la Divinidad, tanto como cabe en los seres humanos (6).
            Tal es el platonismo. Dice Emerson que “de Platón arranca cuanto los pensadores escriben y discuten”. En él se resumía la ciencia de su época: la de Grecia, de Filolao a Sócrates; la de Pitágoras en Italia; y la que derivó de Egipto y Oriente. Era una inteligencia tan vasta, que toda la filosofía europea y asiática está comprendida en sus doctrinas, y a su cultura y poder de contemplación añadía temperamento y cualidades de poeta.
           

Los discípulos de Platón aceptaron, en general, sus teorías psicológicas. Algunos, como Xenócrates, aventuraron atrevidas especulaciones. Espeusipo, sobrino y sucesor del eminente filósofo, fue autor del Análisis numérico, o tratado de los números pitagóricos. Algunas de sus especulaciones no están en los Diálogos escritos; pero como era oyente de las conferencias orales de Platón, tiene mucha razón Enfield al decir que sus opiniones no debían diferenciarse de las de su maestro. Él es, sin duda, el antagonista que Aristóteles critica sin nombrarlo cuando cita el argumento de Platón contra la doctrina de Pitágoras, de que todas las cosas son en sí mismas números, o, mejor dicho, inseparables de la idea de número. Insistía especialmente en demostrar que la doctrina platónica de las ideas difería esencialmente de la pitagórica en que los números y magnitudes existen independientemente de las cosas. También aseguraba que Platón enseñó que no puede existir conocimiento real, si el objeto de conocimiento no trasciende a una región superior a lo sensible.
           
Pero Aristóteles no es testimonio fidedigno, pues adulteró a Platón y casi puso en ridículo las ideas de Pitágoras. Hay una regla de interpretación que debe guiarnos en el examen de toda opinión filosófica. “La inteligencia humana, bajo la necesaria acción de sus propias leyes, está impelida a mantener las mismas ideas fundamentales, y el corazón del hombre a alimentar los mismos sentimientos en toda época”. Cierto es que Pitágoras despertó la más profunda simpatía intelectual de su tiempo y que sus doctrinas ejercieron poderosa influencia en Platón. Su idea fundamental es que en las formas, mudanzas y fenómenos del Universo subyace un principio permanente de unidad. Aristóteles asegura que Pitágoras creía y enseñaba que “los números son los principios primordiales de toda entidad”. Ritter opina que la fórmula de Pitágoras se ha de tomar simbólicamente, y así es sin duda. Aristóteles trata de asociar estos números a las “formas” e “ideas” de Platón y atribuye a éste la afirmación de que “las formas son números, y las ideas existencias substanciales o entidades reales”. Platón no enseñaba tal cosa. Decía que la causa final era la Bondad Suprema (...) “Las ideas son objeto de pura concepción para la razón humana, y atributos de la Razón Divina” (7). No decía que “las formas son números”, sino que, como se lee en el Timeo: “Dios formó por primera vez las cosas, según formas y números”.
           
Reconoce la ciencia moderna que las leyes superiores de la naturaleza asumen la forma de enunciado cuantitativo. Esto es quizás una más explícita afirmación de la doctrina pitagórica. Los números se consideran como la mejor representación de las leyes de armonía que regulan el Cosmos. Sabemos que la teoría atómica y las leyes de combinación están hoy, por decirlo así, arbitrariamente definidas por números. W. Archer Butler dice a este propósito: “El mundo es, en todas sus partes, una aritmética viva en su desarrollo y una verdadera geometría en su reposo”.
           
La clave de los dogmas pitagóricos es la fórmula general de unidad en la variedad; lo uno desenvuelve y por completo penetra lo múltiple. Tal es, en compendio, la antigua doctrina de la emanación. El apóstol Pablo la aceptaba asimismo como verdadera. “... ... ... ...”
           
De Aquél, por Aquél y en Aquél son y están todas las cosas. Esto es puramente indo y brahmánico.
            “Cuando la disolución (Pralaya) llega a su término, el Ser inmenso, Para-Atma, o Para-Purusha, el Señor existente por sí mismo y del cual y por medio del cual todas las cosas fueron son y serán..., quiso emanar de su propia substancia la variedad de criaturas”. (Manava-Dharma-Shastra, libro I, dísticos 6 y 7).
           
La Década mística 1 + 2 + 3 + 4 = 10 expresa esta idea. El 1 simboliza a Dios; el 2 la materia; el 3 la combinación de la Mónada y la Duada que participan de la naturaleza de ambas en el mundo fenomenal; el 4, o forma de perfección, simboliza el vacío; y el 10, o suma de todas las cosas, comprende la totalidad del Cosmos. El universo es la combinación de miles de elementos, y sin embargo es la expresión de un solo espíritu: un caos para los sentidos, un cosmos para la razón.
           
Todo es induísta en esta combinación y progresión de números en la idea de la creación. Único es el Ser existente por sí mismo, Swayambhu o Swayambhuva, como también se le llama. De sí mismo emana la facultad creadora, Brahmâ o Purusha (varón divino), y el Uno se convierte en Dos; de esta Duada, unión del principio puramente intelectual con el de la materia, procede un tercero, Virdj, el mundo fenomenal. De esta invisible e incomprensible trinidad, la Trimurti brahmánica, procede la segunda tríada, que representa las tres facultades: creadora, conservadora y transformadora, representadas por Brahmâ, Vishnu y Shiva, aunque siempre reunidas en una. Brahmâ, o Tridandin, como se le llama en los Vedas, es la Unidad, el dios trino y manifestado que da origen al simbólico Aum, o Trimurti compendiada. Sólo por medio de esta trinidad, siempre activa y perceptible a nuestros sentidos, puede la invisible y desconocida Mónada manifestarse en el mundo de los mortales.

Cuando se convierte en Sharira, esto es, cuando asume forma visible, simboliza los principios de la materia y los gérmenes de vida. Entonces es Purusha, el dios trifáceo, o del trino poder, la esencia de la tríada Védica. “Conozcan los brahmanes la sagrada sílaba (Aum), las tres palabras del Savitri, y lean diariamente los Vedas”. (Manu, libro IV, dístico 125).
           
“Después de crear el universo, Aquél cuyo poder es incomprensible, se desvaneció absorbido en el Alma Suprema... Restituida a su primera obscuridad la gran Alma, permanece en lo desconocido y carece de forma...
           
“Cuando de nuevo reúne los sutiles principios elementarios y penetra en algfún germen animal o vegetal, asume en cada uno nueva forma”.
           
“Así es, que por alternativa de reposo y actividad, el Ser inmutable hace que eternamente revivan y mueran todas las criaturas existentes, activas e inertes”. (Manu, libro I, dístico 50 y siguientes).
           
Quien haya estudiado a Pitágoras y sus teorías respecto de la Mónada que, después de emanar la Duada, se restituye al silencio y a la oscuridad y crea la Tríada, puede descubrir la fuente de donde manan la filosofía del eminente filósofo de Samos, la de Sócrates y la de Platón.
           
Espeusipo parece haber enseñado que el alma física o thumética era inmortal como el espíritu o alma racional. Más adelante expondremos sus razones. También, como Filolao y Aristóteles en sus disquisiciones sobre el alma, dice que el éter es un elemento y supone cinco elementos principales, correspondientes a las cinco figuras regulares geométricas. Esta enseñanza está tomada de la escuela alejandrina (8). Hay en las doctrinas de los filaleteos mucho que no aparece en las obras de los más antiguos platónicos, porque sin duda las enseñaba el maestro con sigilosas reservas, como arcanos que no debían publicarse. Espeusipo y Xenócrates sostuvieron después que el anima mundi o (alma del mundo) no era la Divinidad, sino su manifestación. Estos filósofos jamás atribuyeron al Uno naturaleza animada (9). El Uno originario no existe en la acepción que damos a la palabra, pues hasta que se desdobló en lo múltiple (existencias emanadas, la mónada y la duada), no tuvo existencia. El ..., el algo manifestado mora igualmente en el centro que en la circunferencia, pero sólo el Alma del Mundo es reflejo de la Divinidad (10). En esta doctrina aletea el espíritu del budismo esotérico.
           
La idea que tiene de Dios el hombre es la deslumbradora luz que ve reflejada en el cóncavo espejo de su propia alma, pero esta imagen no en realidad la de Dios, sino su reflejo. Su gloria está allí, pero el hombre ve a lo sumo la luz de su propio espíritu, que es cuanto puede ver. Cuanto más limpio esté el espejo, más resplandecerá la imagen divina. Pero el mundo exterior no puede permanecer allí al mismo tiempo. Para el extático yogui, para el profeta iluminado, el espíritu brilla como el sol del mediodía; para la viciosa víctima de los atractivos terrenos, el resplandor desaparece, porque el grosero aliento de la materia empaña el espejo. Tales hombres reniegan de Dios y quisieran de un golpe privar de alma a la humanidad.
          
  ¿Ni DIOS ni ALMA? ¡Horrible y aniquilador pensamiento! Delirante pesadilla del lunático ateo, ante cuya alucinada vista pasa una horrible e incesante serie de chispas de materia cósmica, por nadie creadas, que aparecen, existen y se desenvuelven por sí mismas, es decir, por nada ni nadie y no proceden de ninguna parte ni van a parte alguna, sin que ninguna Causa las impela en un círculo eterno, ciego, inerte y SIN CAUSA. ¡Qué comparación cabe con el erróneo concepto del nirvâna búdico! El nirvâna va precedido de innumerables transformaciones espirituales y reencarnaciones durante las cuales la entidad no pierde ni por un segundo el sentimiento de su propia individualidad, que persiste durante millones de edades antes de llegar a la nada final.
           
Aunque muchos tienen a Espeusipo por inferior a Aristóteles, el mundo le debe la definición de varios conceptos que Platón dejó confusos en su doctrina acerca de lo sensible y lo ideal. Decía Espeusipo: “Conocemos lo inmaterial por medio del pensamiento científico y lo material por la científica percepción” (11).
          
  Xenócrates expuso muchas teorías y enseñanzas no tratadas por su maestro. Tiene en gran estima la doctrina pitagórica y su matemático sistema de números. Sólo admite tres grados de conocimiento: pensamiento, percepción e intuición, y dice que el pensamiento se emplea en lo que hay más allá de los cielos; la percepción, en las cosas del cielo; y la intuición, en los cielos mismos.
           
Vemos estas teorías, y casi el mismo lenguaje, en el Manava-Dharma-Shastra, cuando habla de la creación del hombre: “Él (el Supremo) exhaló su propia esencia, el soplo inmortal, que no perece en el ser, y a esta alma del ser, le dio el Ahankâra (conciencia del Ego) o guía soberano. Después dio a aquella alma del ser (hombre), la inteligencia compuesta de tres cualidades y cinco sentidos de percepción externa”.
           
Estas tres cualidades son: entendimiento, conciencia y voluntad, análogas al pensamiento, percepción e intuición de Xenócrates. Expuso más completamente que Espeusipo la relación entre números e ideas, y aventajó a Platón en su doctrina de las magnitudes indivisibles. Redujo a sus primitivos elementos ideales las formas y figuras para demostrar que proceden de la indivisible línea. Es evidente que Xenócrates sostiene las mismas teorías de Platón en lo concerniente al alma humana (suponiéndola número), aunque Aristóteles contradiga todas las enseñanzas de este filósofo (12). Esto nos demuestra que Platón expuso oralmente la mayor parte de sus doctrinas y que Xenócrates, y no Platón, fue el autor de la teoría de las magnitudes indivisibles. Deriva el alma de la primera Duada y la llama número semoviente (13).

Teofrasto dice que Xenócrates aventajó a los demás platónicos en la exposición de la teoría del alma, sobre la que se basa su doctrina cosmológica, demostrando la necesidad de que en cada punto del espacio universal exista una serie progresiva de seres espirituales animados e inteligentes (14). El alma humana es, según él, un conjunto de las más espirituales propiedades de la Mónada y de la Duada con los principios más elevados de ambas. Como Platón y Pródico, considera potestades divinas a los elementos y los llama dioses, pero ni él ni otros suponen con ello idea alguna antropomórfica. Observa Krische que Xenócrates llama dioses a los elementos para no confundirlos con los demonios del mundo inferior (15) o espíritus elementarios. Como el alma del Mundo penetra todo el Cosmos, los animales han de tener algo divino (16). Lo mismo enseñan los budistas y los herméticos, y Manu concede también alma a las plantas, aun a la más tenue hoja de césped.
           
De acuerdo con esta teoría, los demonios son seres intermedios entre la perfección divina y la maldad humana (17). Los clasifica en diversas categorías y afirma que el alma individual de cada hombre es su demonio protector y guía y que ningún demonio tiene más poder sobre nosotros que nosotros mismos. Así, el daimonion de Sócrates es la entidad divina que le inspiró durante toda su vida. Del hombre únicamente depende el abrir o cerrar su percepción a la voz divina. A semejanza de Espeusipo, concede inmortalidad al ..., cuerpo psíquico o alma irracional; pero algunos filósofos herméticos han enseñado que el alma únicamente tiene existencia separada y continua cuando, a su paso al través de las esferas se le incorporan algunas partículas terrenas y materiales que, luego de purificada en absoluto, se aniquilan y la quintaesencia del alma se identifica con el espíritu divino y racional.
          
  Asegura Zeller que Xenócrates proscribía la carne de animales, no porque en ellos viese, en semejanza con el hombre, una vaga e imperfecta conciencia divina, sino, al contrario, porque "la irracionalidad del alma animal podía influir en el hombre" (18). Pero nosotros creemos que más bien era porque, como Pitágoras, había tenido a los sabios indos por maestros y modelos. Cicerón dice que Xenócrates lo desdeñaba todo, excepto la virtud más elevada (19), y nos lo pinta como hombre de austero carácter (20). “Nuestro más arduo negocio es redimirnos de la esclavitud de la vida senciente y vencer los titánicos elementos de nuestra naturaleza carnal por medio de la divina”. Zeller cita este pasaje (21): “El deber capital es mantenernos puros aun en los más íntimos anhelos de nuestro corazón, y únicamente la filosofía y la iniciación en los Misterios nos lo permitirán cumplir”.
           
Crantor, otro filósofo de la primera época de la academia platónica, derivaba el alma humana de la substancia raíz de todas las cosas, la Mónada o Uno, y la Duada o Dos. Plutarco habla extensamente de este filósofo, quien, como su maestro, creía que las almas encarnaban por castigo en los cuerpos.
           
Aunque algunos críticos opinan que Heráclides no siguió del todo las doctrinas de Platón (22), enseñaba la misma ética. Zeller dice que con Hicetas y Ecfanto admitía la doctrina pitagórica de la rotación de la tierra alrededor de su eje y la inmovilidad de las estrellas fijas, pero que ignoraba la revolución anual de la tierra alrededor del sol y el sistema heliocéntrico (23). Sin embargo, hay pruebas de que en los Misterios se enseñaba este sistema, y que Sócrates fue condenado a muerte por divulgar estas santas enseñanzas, que sus compatriotas tildaron de ateas. Heráclides opinaba lo mismo que Pitágoras y Platón en lo concerniente a las facultades y potencias del alma humana, que describe como esencia luminosa y en alto grado etérea, residente en la vía láctea antes de descender a la generación o existencia sublunar. Los demonios o espíritus son para él seres con cuerpos vaporosos y aéreos.
          
  La doctrina pitagórica de los números, en relación con las cosas creadas, está plenamente expuesta en el Epinomis. Como buen platónico, su autor afirma que sólo es posible alcanzar sabiduría por la sagaz investigación de la oculta naturaleza de la creación, pues sólo así aseguraremos feliz existencia después de la muerte. Trata extensamente de la inmortalidad del alma y dice que únicamente podemos inferirla de la perfecta comprensión de los números. El hombre incapaz de distinguir una línea recta de una curva, jamás tendrá el necesario conocimiento para demostrar matemáticamente lo invisible, por lo que debemos asegurarnos de la existencia objetiva de nuestro cuerpo astral, antes de tener conciencia de que poseemos un espíritu divino e inmortal. Jámblico declara lo mismo y añade que todo esto es un secreto de la más elevada iniciación. “Al Poder-Divino, dice, le indignan todos cuantos revelan la formación del icostagonus, o sea el método de inscribir un dodecaedro (24) en una esfera.
           
La idea de que los números por su gran virtud producen siempre el bien y nunca el mal, se refiere a la justicia, ecuanimidad y armonía. Cuando el autor dice que cada estrella es un alma individual, repite lo que los iniciados indos y los herméticos enseñaron antes y después de él; o sea, que cada astro es un planeta independiente, con alma propia, y que todos los átomos de materia están henchidos del divino flujo del alma del mundo, de modo que respiran, viven, sienten, sufren y gozan de la vida a su manera. ¿Qué físico puede negarlo con pruebas? Por lo tanto, debemos considerar los cuerpos celestes como imágenes de dioses que participan substancialmente de los poderes divinos; y aunque su alma-entidad no es inmortal, su influencia en la economía del universo les da derecho a honores divinos, tales como los que tributamos a los dioses menores.
           
La idea es clara, y de mala fe procedería quien equivocadamente la expusiese. Si el autor de Epinomis coloca a estos ígneos dioses muy por encima de los animales, plantas y hombres a quienes, como criaturas terrenas, les señala ínfimo lugar, ¿quién le probará lo contrario? Preciso es sumergirse en las profundidades de la abstracta metafísica de la antigüedad, para comprender las varias formas de sus conceptos que, después de todo, se fundan en la adecuada comprensión de la naturaleza, atributos y método de la Causa Primera.
           
Además, cuando el autor de Epinomis interpone entre los dioses superiores y los inferiores (almas encarnadas) tres clases de demonios, y puebla el universo de seres invisibles, es más racional que nuestros modernos sabios, que colocan entre ambos extremos un vacío inmenso donde sólo operan las ciegas fuerzas de la Naturaleza. De estas tres clases de demonios, la primera y la segunda son invisibles y sus cuerpos están formados de puro éter y fuego (espíritus planetarios);  los de la tercera clase son generalmente invisibles, pero algunas veces, al concentrarse en sí mismos, son visibles durante pocos segundos. Estos son los espíritus terrenos, o nuestras almas astrales.
           
Estas doctrinas, estudiadas analógicamente y por correspondencia, condjujeron paso a paso a los antiguos, así como a los modernos filaleteos, a la comprensión de los más grandes misterios. Al borde del negro abismo que separa el mundo espiritual del material, está la ciencia moderna con los ojos cerrados y la cabeza vuelta hacia atrás, pareciéndole infranqueable y sin fondo, aunque tiene en la mano una antorcha que con sólo bajarla a sus profundidades, la sacaría de su error. Pero el tenaz estudiante de filosofía hermética ha tendido un puente a través del abismo.

Continua...

miércoles, 26 de febrero de 2014

Isis sin Velo - TOMO IV - Profecias de Hermes



PROFECÍA  DE  HERMES


Los jesuitas se salieron con la suya. Desde la definición de la infalibilidad, la Iglesia es un ciego instrumento y el Papa un agente servil de la Compañía de Jesús. ¿Hasta cuándo? Mientras les llega el fin, pueden los cristianos sinceros recordar las proféticas lamentaciones de Hermes Trismegisto sobre su propio país, en que decía:

¡Ay, hijo mío! Día llegará en que los sagrados jeroglíficos parezcan ídolos, porque el mundo tomará por dioses los emblemas de la ciencia y acusará al glorioso Egipto de haber adorado monstruos infernales. Pero quienes de este modo nos calumnian adorarán a la muerte en lugar de la vida, y a la locura en vez de la sabiduría. Abominarán del amor y de la fecundidad, llenarán sus templos de huesos de muerto que llamarán reliquias, y malograrán su juventud en soledad y llanto. Sus vírgenes preferirán ser monjas a ser esposas y se consumirán en el dolor, porque los hombres habrán profanado con menosprecio los sagrados misterios de Isis (33).

Del acierto de esta profecía nos da prueba el siguiente pasaje:

La opinión más razonable es que todas las cosas inanimadas e irracionales pueden ser objeto de adoración. Quien comprenda debidamente la doctrina expuesta, advertirá que no sólo las imágenes pintadas y toda representación de cosas santas expuesta por la autoridad eclesiástica al culto de Dios puede ser adorada como si fuese el mismo Dios, sino cualquier otra cosa de este mundo, sea de naturaleza inanimada, racional o irracional.
¿Por qué no adorar y venerar como a Dios sin peligro alguno cualquier cosa de este mundo, puesto que Dios está en ella en esencia (34) y la conserva continuamente con Su poder? Cuando nos inclinamos ante ella y la besamos, nos presentamos ante Dios su autor con toda nuestra alma, considerándole como el prototipo de la imagen (35). A esto podemos añadir, que puesto es obra de Dios todo lo de este mundo y Dios de continuo mora y labora en el mundo, más fácil nos será conocer a Dios por las cosas del mundo que a un santo por los vestidos que le pertenecieron. Por lo tanto, sin tener en cuenta la dignidad de la cosa creada, no es vano ni supersticioso sino puro acto de religión besar el objeto adorado o arrodillarnos sumisamente ante él, con tal que dirijamos a Dios nuestro pensamiento (36).

Aunque la doctrina expuesta en este pasaje no redunde en honor de la Iglesia cristiana, puede al menos aprovechar a los llamados “paganos” para redargüir con ella cuando se les eche en cara su idolatría.
La profecía de Hermes es mucho más diáfana que las de Isaías, que facilitaron pretexto para calificar de demonios a los dioses gentilicios. Pero los hechos suelen tener mayor consistencia que la más robusta fe. Todo cuanto los judíos sabían lo aprendieron de pueblos más antiguos. Los magos caldeos les enseñaron la doctrina secreta durante la cautividad de Babilonia.
Plinio menciona tres escuelas de magia: una de origen desconocido por lo antigua; la segunda fundada por Osthanes y Zoroastro; la tercera establecida por Moisés y Jambres. Sin embargo, estas mismas escuelas derivaron sus enseñanzas de la India, de las comarcas que se extienden a uno y otro lado de los Himalayas. lAs arenas del desierto de Gobi, en el Turquestán oriental, encubren más de un secreto y los sabios del Khotan han perpetuado curiosas tradiciones y raros conocimientos alquímicos.
Dice Bunsen que las oraciones e himnos del Libro de los Muertos datan de la dinastía premenista (37) de Abydos, por los años 4500 a 3100 antes de J. C. El sabio egiptólogo remonta al año 3059 el reinado de Menes o establecimiento del imperio nacional, antes de cuya época se conocía ya el culto de Osiris y demás divinidades de la mitología egipcia (38).
Por otra parte, Bunsen nos lleva mucho más atrás de los cuatro mil años computados por la Biblia a la actual edad del mundo, y en los himnos correspondientes a esta preadámica era encontramos preceptos morales idénticos en el fondo y muy parecidos en la forma a la doctrina expuesta por Jesús en el sermón de la montaña. Así se infiere de las investigaciones llevadas a efecto por los más eminentes egiptólogos y hierólogos. Dice Bunsen sobre el particular:

Las inscripciones de la duodécima dinastía abundan en fórmulas ritualísticas correspondientes a muy primitivos tiempos, así como se ven extractos de los libros herméticos en los monumentos de las primeras dinastías... De estas inscripciones se infiere que para los egipcios el primer fundamento de piedad consistía en dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo y enterrar a los muertos. En aquella época se conocía ya la doctrina de la inmortalidad del alma, según demuestra la tablilla n.º 562 del Museo británico (39).

LAS  ÁNIMAS  VIVIENTES


Y acaso sea mucho más antigua, porque se remonta, en efecto, a la edad en que el alma era un ser objetivo, y por lo tanto no podía negarse a sí misma, cuando la espiritualidad de la raza humana no conocía la muerte. Hacia la declinación del ciclo de vida, el etéreo hombre espiritual cayó en dulce sueño de transitoria inconsciencia para despertar en todavía más alta y luminosa esfera; pero así como el hombre espiritual se esfuerza continuamente en ascender a su fuente originaria, pasando por los ciclos y esferas de la vida individual, el hombre físico había de incorporarse al ciclo máximo de la creación universal hasta revestirse de carne. Entonces quedó el alma demasiado abrumada por el peso de las terrestres vestiduras para reconocerse a sí misma, excepto en aquellas naturalezas delicadas, que escasean más y más en cada ciclo.
Sin embargo, ningún pueblo prehistórico negó jamás la existencia del verdadero hombre, del Yo superior, pues la filosofía antigua enseñaba que sólo el espíritu es inmortal y que el alma no es por sí misma eterna ni divina, sino que, unida íntimamente a su envoltura terrestre, se convierte en la mente finita, en el principio de la vida animal o nephesh de las Escrituras hebreas, según se infiere de los siguientes pasajes:

Y crió Dios las grandes ballenas y toda ánima (nephesh) que vive y se mueve (40).

Con esto se da a entender la creación de los animales.

... Y fue hecho el hombre en ánima (nephesh) viviente (41).

Aquí vemos que la palabra nephesh se aplica indistintamente al hombre inmortal y al bruto mortal.

Porque la sangre de vuestras ánimas (nephesh) demandaré de mano de todas las bestias (42).
Salva tu ánima (nephesh) (43).
No le quites la vida (nephesh) (44).
El que hiriere animal restituirá otro en su lugar, esto es, alma por alma (nephesh por nephesh) (45).

En los libros de los Reyes también se toma la palabra nephesh por sinónima de vida y alma (46).
Verdaderamente, muy poco podemos aprender en el Antiguo Testamento respecto a la inmortalidad del alma, a menos de leerlo cabalísticamente para desentrañar su oculto significado. El vulgo de los hebreos no tuvo ni tiene la más ligera idea de la distinción entre alma y espíritu, pues confunde los conceptos de vida, sangre y alma, llamando a esta última soplo de vida. Los traductores de la Biblia han tergiversado de tal modo los conceptos, que únicamente los cabalistas pueden restablecer el significado original.
La doctrina de la naturaleza trina del hombre está explícitamente expuesta en los libros herméticos, en la filosofía de Platón y en las doctrinas induísta y budista. Sin embargo, es una de las enseñanzas más importantes y menos comprendidas de la ciencia hermética. Los Misterios egipcios, de los que sólo conoce el mundo lo poco que de ellos nos dicen las Metamorfosis de Apuleyo, ejercitaban a los iniciados en las más heroicas virtudes y le transmitían conocimientos que en vano buscan en los libros cabalísticos los modernos investigadores, y que las enigmáticas enseñanzas de la Iglesia romana, inspirada por los jesuitas, serán incapaces de descubrir. Resulta, por lo tanto, un agravio para las antiguas confraternidades secretas de iniciados comparar sus doctrinas con las alucinaciones de los discípulos de Loyola, por sinceros que fuesen en los primeros tiempos de la Orden.
Uno de los más poderosos obstáculos para la iniciación, así entre los egipcios como entre los griegos, era el haber derramado sangre humana en cualquiera de las modalidades del homicidio. En cambio, una de las mayores recomendaciones para el ingreso en la Compañía de Jesús es el haber cometido o estar dispuesto a perpetrar un asesinato en defensa del jesuitismo, según se colige del siguiente pasaje:

Los hijos que profesen la religión católica pueden acusar a sus padres del crimen de herejía si tratan de apartarlos de la fe; y esto aunque sepan de antemano que han de ser condenados a muerte en hoguera, como Tolet enseña... Y no sólo pueden negarles el alimento, sino también matarlos con justicia (47).

Sabido es que el emperador Nerón jamás se atrevió a solicitar la entrada en los Misterios a causa de haber dado muerte a su madre Agripina. En cambio, oigamos lo que dice un jesuita acerca del homicidio:

Si un adúltero, aunque sea eclesiástico, mata al marido al verse atacado por éste, no se le debe culpar (48).
Si un padre estuviese en el destierro por peligros  a la seguridad del Estado y al orden social, y no hubiese otro medio de librarse de él, aprobaría que su propio hijo le diese muerte (49).
Al clérigo secular o regular le es lícito matar al calumniador de su persona o de su orden (50).

Y así son los demás ejemplos que nos dan las autoridades de la Orden para establecer como regla que un católico puede quebrantar las leyes humanas hasta el crimen, sin menoscabo de su jesuítica santidad. Veamos ahora qué principios morales enseñaban los egipcios antes de que los jesuitas perfeccionasen la ética de tan curiosa manera.

MORAL  EGIPCIA

En las ciudades importantes de Egipto estaba el cementerio separado de la población por un lago sagrado, en cuya margen se reunían los cuarenta y dos jueces encargados de juzgar al alma del difunto, de la propia suerte que el Libro de los muertos nos representa el juicio del alma en el mundo espiritual. Si los jueces se pronunciaban unánimemente a favor del alma, el barquero conducía el cadáver a través del lago hasta el lugar del enterramiento, y terminada la fúnebre ceremonia regresaban los sacerdotes al sagrado recinto, donde el al-om-jah (51) instruía a los neófitos acerca del drama que en aquellos momentos se desenvolvía en el mundo invisible, y fortalecía su creencia en la inmortalidad del alma.
El Crata Nepoa (52) describe como sigue los siete grados de la iniciación:
El neófito pasaba en la escuela de Tebas por las doce pruebas preliminares, se le intimaba a dominar sus pasiones y no apartar ni un momento de Dios su pensamiento. Después había de subir varias escaleras y vagar a oscuras por una cripta de muchas puertas, pero todas ellas cerradas, para simbolizar en esta ceremonia la peregrinación del alma no purificada. Si triunfaba de las terribles pruebas preliminares recibía los tres primeros grados de iniciación, que se llamaban Pastophoris, Neocoris y Melanephoris. Después se le conducía a una vasta cripta llena de momias colocadas con mucho aparato, y se le dejaba frente a un ataúd con el mutilado cuerpo de Osiris. Esta cripta se llamaba “Puerta de la Muerte”, y seguramente aluden a ella el Libro de Job (53) y los Evangelios (54), aunque equiparándolas con las puertas del infierno.
Vencida esta prueba, se le llevaba a la “Cámara de los Espíritus” para que estos le juzgasen.
Entre las enseñanzas morales en que se instruía al neófito, figuraban la abstención de todo género de venganza, el auxilio del necesitado, aun con riesgo de la propia vida, honrar a los padres, enterrar a los muertos, respetar a los ancianos, proteger a los débiles y pensar de continuo en la muerte seguida de la resurrección en nuevo e imperecedero cuerpo (55). La castidad era virtud rigurosamente prescrita en las iniciaciones, y el adulterio estaba penado de muerte.
Al recibir el cuarto grado (Kristophores) se le comunicaba al candidato el misterioso nombre de IAO y en el quinto (Balahala) se le comunicarban los secretos de la alquimia (chemia) en nombre de Horus.
En el sexto grado se le enseñaba la danza cíclica sacerdotal que era un verdadero curso de astronomía, pues simbolizaba el movimiento de los planetas. En el séptimo grado se le iniciaba en el misterio final, después de pasar por la última prueba en el astronomus (56), y entonces recibía la cruz (tau) que al morir le colocaban sobre el pecho. Ya era hierofante.

FESTINES  OBSCENOS


Cabe comparar la moral de los jesuitas con la de los Misterios paganos, contra los que la Iglesia romana desencadena las iras de su vengativo Dios. Si la Iglesia tuvo también sus ritos misteriosos, ¿serían tan nobles, puros y morales ni más propicios a la ejemplaridad de una vida virtuosa? Oigamos lo que dice Niccolini respecto a los modernos misterios del claustro.

En la mayor parte de monasterios y más particularmente en los de capuchinos y reformados, comienza por Navidad una serie de fiestas que no terminan hasta Carnaval, y en ellas se entregan los monjes a toda clase de juegos y diversiones, celebran suntuosos banquetes y acuden al refectorio gran número de vecinos si está el convento enclavado en una población de segundo orden. Por Carnaval son todavía más espléndidos los festines, en cuyas mesas parece que la abundancia hubiese derramado cumplidamente su cuerno, a pesar de que ambas órdenes son mendicantes (57). Al sombrío silencio del claustro sucede entonces el bullicioso jolgorio del festín, y en las tétricas bóvedas resuenan cantos muy distintos de la salmodia. Termina la fiesta con un animado baile, en que para demostrar sin duda cómo el voto de castidad ha desarraigado en ellos todo apetito carnal, se presentan vestidos de mujer los monjes más jóvenes y los demás en traje de caballero seglar. No podría por menos de repugnar al lector la escandalosa escena que a todo esto se sigue. Baste decir que con frecuencia he sido espectador de semejantes saturnales (58).

El ciclo está en descenso, y a medida que desciende, la naturaleza física y pasional del hombre cobra mayores bríos a costa del Yo superior (59).
Seguramente que apartaremos disgustados la vista de esa farsa religiosa llamada cristianismo moderno, para convertirla a las nobles creencias de la antigüedad.
En el Libro de los Muertos, que Bunsen califica de “inestimable y misterioso libro”, leemos un discurso que se supone dirigido por el difunto en representación de Horus, enumerando todo cuanto ha hecho por su padre Osiris. Entre otras cosas, dice el dios:

30.   Yo te di el espíritu.
31.   Yo te di el alma.
32.   Yo te di el cuerpo (la fueza).

En otro pasaje, la entidad a que el difunto llama “Padre” representa el espíritu humano, pues el versículo dice:

Yo llevé a mi alma a que hablase con su Padre, con su Espíritu (60).

Los egipcios creían que su Ritual era de inspiración divina, lo mismo que para los induístas lo son los Vedas y la Biblia para los judíos. Según Bunsen y Lepsius, la palabra hermético equivale a inspirado, porque Thoth, la Divinidad en persona, revela a sus elegidos los arcanos de las cosas divinas, de modo que en los libros heméticos hay pasajes enteros que los egipcios suponían “escritos por el mismo dedo de Thoth” (61).
Por su parte dice Lepsius:

En un período posterior es todavía más distinguible el carácter hermético de estos libros, pues en la inscripción grabada sobre un ataúd correspondiente a la vigesimosexta dinastía, anuncia Horus al difunto que el mismo Thoth le ha traído los libros de su palabra divina o Escrituras herméticas (62).


Alegoria del Apocalipsis. TOMO IV - Isis sin Velo




El Apocalipsis, como el Libro de Job, es un alegórico relato de los Misterios y de la iniciación en ellos de un candidato, personificado en el mismo San Juan. Así lo comprenderán necesariamente los masones de grado superior, pues los números siete, doce y otros, tan cabalísticos como estos, bastan para esclarecer las tenebrosidades de dicho libro. Tal era también la opinión de Paracelso.
El siguiente pasaje desvanece toda duda sobre el particular:

Al vencedor daré yo maná escondido y le daré una piedrecita blanca y en la piedrecita un nuevo nombre escrito, que no sabe ninguno sino aquel que lo recibe (9).

¿Qué maestro masón titubeará en reconocer en esta inscripción la misma con que hemos epigrafiado el presente capítulo?
En los Misterios de Mithra, el neófito que triunfaba de las doce pruebas precedentes a la iniciación recibía una hostia de pan ázimo con figuras en ambas caras, que entre otros simbolismos tenía el del disco solar, y se la llamaba también “pan celeste” o “maná”. Rociaban después al candidato con la sangre de un cordero o de un toro sacrificado al efecto, como cuando la iniciación del emperador Juliano, y se le comunicaban las siete reglas misteriosas equivalentes a los siete sellos de que nos habla el evangelista Juan (10), quien indudablemente alude a esta ceremonia.
Los amuletos católicos (11) y las reliquias bendecidas por los pontífices romanos tienen el mismo origen que las piedras y pergaminos mágicos de Efeso, las filactrias (...) hebreas con versículos de la Escritura y los amuletos mahometanos con versículos del Corán. Todos sirven igualmente para proteger a quien cree en su eficacia y encima los lleva. Así es que cuando Epifanio reconviene a los maniqueos por el uso de amuletos (periapta), que califica de supersticiones y fraudes, debe incluir en la reconvención los amuletos de la Iglesia romana.
Pero la consecuencia es una virtud que la influencia jesuítica va debilitando más y más entre los clericales. El astuto, solapado, sagaz y terrible jesuitismo es como el alma de la Iglesia romana, de cuyo poder espiritual se apoderó por entero. Conviene, pues, comparar la moral jesuítica con la de los antiguos tanaímes y teurgos, para descubrir la íntima relación que con las sociedades secretas tienen los arteros enemigos de toda reforma. No hay en la antigüedad escuela ni asociación ni secta alguna que se parezca siquiera a la Compañía de Jesús, contra cuyas tendencias se levantaron generales protestas apenas nacida (12), pues a los quince años de su constitución se deshicieron de ella los gobiernos de Europa. Portugal y los Países Bajos expulsaron a los jesuitas en 1578; Francia en 1594; la república de Venecia en 1606; Nápoles en 1622; Rusia en 1820 (13).
Desde su adolescencia mostró la Compañía de Jesús las mañas que todo el mundo le reconoce, y que han causado más daños morales que las infernales huestes del mítico Satán. No le parecerá exagerada esta afirmación al lector cuando se entere de los principios, máximas y reglas de los jesuitas, entresacados de sus propios autores y de la obra mandada publicar por decreto del Parlamento francés (5 de Marzo de 1762) y revisada por la comisión que se nombró al efecto (14). Esta obra fue presentada al monarca para que, como hijo primogénito de la Iglesia, adviertiese la perversidad de (como dice textualmente el decreto del Parlamento) “una doctrina que permite el robo, el asesinato, el perjurio, la fornicación, el parricidio y el regicidio, y sobre las ruinas de la religión quiere erigir la superstición, la hechicería, la impiedad y la idolatría”.
Veamos primero las ideas sustentadas por los jesuitas respecto de la magia.
Dice Antonio Escobar:

Es lícito el uso del conocimiento adquirido por mediación del demonio, con tal que no se emplee en provecho del demonio, pues el conocimiento es bueno en sí mismo y se borró el pecado cometido al adquirirlo (15).


PRECEPTOS  JESUÍTICOS


            Esto supuesto, ¿por qué no han de poder los jesuitas engañar al diablo como engañan a las gentes?
Dice el mismo P. Escobar en otro pasaje:

¿Los astrólogos y adivinos están o no obligados a restituir el estipendio si no sucede lo que vaticinaron? Opino que no están obligados, porque cuando un astrólogo o adivino ha puesto toda su diligencia en el diabólico arte, sin el que no le fuera posible lograr su objeto, ha cumplido ya con su deber, sea cual fuese el resultado. Así como el médico no está obligado a restituir los honorarios si el enfermo muere, tampoco lo está el astrólogo a la restitución de los suyos si hace cuanto puede; con lo que no engaña, a menos que por desconocimiento del arte embauque a las gentes (16).

En punto a astrología, dice el jesuita Arsdekin:

Si alguien afirma por conjeturas fundadas en la influencia de los astros y en el carácter y disposición de un niño, que será soldado, sacerdote u obispo, este vaticinio estará libre de todo pecado, porque los astros y la disposición natural pueden inclinar la voluntad humana en determinado sentido, pero no obligarla a seguirlo (17).

Por su parte, añaden Busembaum y Lacroix:

Se considera lícita la quiromancia, si por medio de las rayas y divisiones de las manos puede colegirse el temperamento del cuerpo y conjeturar con mucha probabilidad los afectos e inclinaciones del ánimo (18).

A pesar de las afirmaciones contrarias, ha resultado que la Compañía de Jesús pertenece en uno de sus aspectos al linaje de las sociedades secretas. Sus constituciones, traducidas al latín en 1558 por el P. Polanco e impresas en Roma, se mantuvieron en riguroso secreto (19), hasta que en 1761 mandó publicarlas el Parlamento francés cuando el famoso proceso del P. Lavalette.
Los grandes de la orden son seis, a saber: novicios, hermanos, sacerdotes, coadjutores, profesos de tres votos y profesos de cinco votos. Además, hay un séptimo grado secreto, tan sólo conocido del general de la orden y de unos cuantos dignatarios, en que consiste el terrible y misterioso poder de la Compañía, uno de cuyos mayores timbres de gloria es para ellos la reorganización del sanguinario tribunal del Santo Oficio, a instancias de Loyola.
Los jesuitas son hoy día omnipotentes en la curia romana e influyen decisivamente en las congregaciones de cardenales y en la secretaría de Estado, de modo que antes de la ocupación de Roma pudo decirse que estaba en sus manos el gobierno pontificio.
Respecto a su organización interna dice Mackenzie:

La Compañía de Jesús tiene signos secretos y contraseñas distintas para cada uno de los grados, y como no llevan divisa alguna exterior es muy difícil reconocerlos, a no ser por declaración propia, pues según el encargo que reciban se presentan como católicos o protestantes, plebeyos o aristócratas, fanáticos o escépticos. Tienen espías en todas partes y en todas las clases sociales, y se fingen mentecatos cuando así les conviene. Hay jesuitas de ambos sexos y de toda edad que se inmiscuyen por doquiera, hasta el punto de haber algunos de familias distinguidas y complexión delicada, que no obstante están de criados en casas de protestantes para mejor servir los intereses de la Compañía. Nunca nos precaveremos suficientemente contra su influjo, pues como la Orden se funda en la absoluta y ciega obediencia, puede convertir toda su fuerza hacia determinado punto (20).

Por su parte, sostienen los jesuitas que “la Orden no es de institución humana sino que la fundó el mismo Jesús al trazarle la regla de conducta, primero con su ejemplo y después con su palabra” (21).
Veamos, pues, esta regla de conducta, y entérense de ella los cristianos piadosos. Al efecto, entresacaremos los siguientes pasajes de obras de los mismos jesuitas:

Si lo manda Dios es lícito matar a un inocente, robar y fornicar; porque Dios es Señor de vida y muerte y de todas las cosas, y debemos por lo tanto cumplir sus órdenes (22).
El religioso que temporáneamente se despoja del hábito con algún propósito criminal, no comete pecado abominable ni tampoco incurre en pena de excomunión (23).
¿Está obligado un juez a restituir el estipendio que recibió por dictar sentencia? Si se lo dieron con intento de que fallase injustamente, es muy probable que se pueda quedar con él, pues tal es el sentir de cincuenta y ocho tratadistas (24).

 

LA  PASTORAL  DE  CAMBRAY


No sigamos adelante, porque tan repugnantes por lo hipócritas, licenciosos y desmoralizadores son estos preceptos, que no es prudente traducir del latín muchos de ellos (25), y así tan sólo citaremos más adelante los menos espinosos.
Pero ¿qué porvenir aguarda al mundo católico si ha de continuar dominado por esta nefanda sociedad? No será muy lisonjero desde el momento en que el mismo cardenal arzobispo de Cambray levanta su voz en pro de los jesuitas, aunque como han transcurrido ya dos siglos de la exposición de tan abominables principios, les ha sobrado tiempo a los jesuitas para amañar su defensa con mentiras afortunadas, de modo que la mayoría de católicos jamás creerán a sus acusadores. El pontífice Clemente XIV suprimió la Compañía de Jesús el 23 de Julio de 1773, y sin embargo la restableció Pío VII el 7 de Agosto de 1814.
Pero copiemos el extracto que de la pastoral del arzobispo de Cambray publica un periódico. Dice así:

... Los enemigos de la religión han establecido distinciones entre el clericalismo, ultramontanismo y jesuitismo, que son una sola y misma cosa, esto es, el catolicismo. Hubo tiempo en que predominó en Francia cierta opinión respecto a la autoridad del Papa, pero estaba circunscrita a nuestra nación y era de origen reciente. La potestad civil asumió durante siglo y medio la enseñanza oficial. Los partidarios de estas doctrinas se llamaron galicanos, y los oponentes recibieron el calificativo de ultramontanos por estar Roma más allá de los Alpes. Hoy día ya no cabe distinguir entre galicanos y ultramontanos, porque la doctrina ortodoxa se declaró en contra de la iglesia nacionalizada, según decisión del concilio ecuménico del Vaticano. No es posible ser hoy católico sin ser al propio tiempo ultramontano y jesuita.

Esto define la cuestión. Prescindiendo de comentarios, compararemos la preceptiva moral de los jesuitas con la de los místicos y fraternidades de la antigüedad, a fin de que el lector pueda juzgar imparcialmente entre ambos extremos.
El rabino Jehoshua-ben-Chananea (26) declaró que había operado milagros por virtud del libro del Sepher Yetzireh, y retaba a cuantos no lo creyeran (27).
Simón el Mago era indudablemente discípulo de los tanaímes de Samaria, y la fama adquirida con sus prodigios, que le valieron el sobrenombre de “gran poder de Dios”, es prueba elocuente de la sabiduría de sus maestros. Ningún cristiano aventajaba a Simón en virtud taumatúrgica, a pesar de las calumniosas imputaciones contra él lanzadas por los compiladores de los Hechos de los apóstoles. Es de todo punto ridícula la leyenda de que habiéndose elevado Simón en el aire, cayóse de pronto por ruegos de San Pedro y se quebró las piernas en la caída. En vez de impetrar de Dios el fracaso de su rival, hubiera debido el apóstol pedir el auxilio necesario para prevalecer taumatúrgicamente contra Simón y sobrepujarle en prodigios, pues lograra con ello manifestar más fácilmente la superioridad de su poder y convertir millones de gentiles y judíos al cristianismo. La posteridad sólo conoce un aspecto de esta leyenda, y seguramente que de favorecer la fortuna a los discípulos de Simón diría hoy la historia que fue Pedro el perniquebrado, si no supiéramos que este apóstol tenía bastante prudencia para no presentarse en Roma. según confiesan varios historiadores eclesiásticos, ningún apóstol aventajó a Simón en “maravillas sobrenaturales”; pero las gentes piadosas replicarán diciendo que esto demuestra precisamente que Simón actuaba por obra del diablo.

 

LA  MENTIRA  COHONESTADA



Acusaron a Simón de blasfemia contra el Espíritu Santo, porque lo consideraba en el femenino aspecto de Mente matriz de todas las cosas, sin advertir que el mismo concepto expresa el Libro de Enoch cuando contrapone al “Hijo del Hombre” el “Hijo de la Mujer”, así como el apócrifo Evangelio de los hebreos, cuando dice que Jesús reconocía el aspecto femenino del Espíritu Santo en la expresión: mi Madre, el santo Pneuma. El mismo concepto exponen corrientemente el Código de los nazarenos, el Zohar y los Libros de Hermes.
Pero las blasfemias de Simón y de todos los herejes, ¿qué son comparadas con las de los jesuitas que de tal suerte han dominado al pontificado y al orbe católico? Oigámoslos de nuevo:

Haced lo que vuestra conciencia os represente por bueno y lícito, pero si por invencible error creéis que os manda Dios mentir y blasfemar, blasfemad.
No hagáis lo que repugne a vuestra conciencia, y si por invencible error creéis que Dios prohibe tributarle culto, dejad el culto de Dios (28).
Obedeced los dictados de vuestra conciencia, sin importar que sean invenciblemente erróneos, de modo que si creéis que os está mandada una mentira, mentid (29).
Si un católico cree invenciblemente que está prohibido el culto de lasimágenes y las adora, no tendrá Jesucristo más remedio que decirle: Apártate de mí, maldito, porque adoraste mi imagen. Así tampoco es absurdo suponer que Jesucristo pueda decir: Ven, bendito, porque mentiste, creído de que yo te mandaba mentir (30).

No hay palabras lo suficientemente expresivas para manifestar la aversión que en toda conciencia honrada ha de promover tan estupenda preceptiva. Sea el silencio, nacido de una repugnancia invencible, el mejor comentario de semejantes extravíos morales.
Cuando en 1606 fueron expulsados de Venecia los jesuitas, se sublevó contra ellos violentamente el sentimiento popular. La multitud siguió tras los expulsados hasta el embarcadero, despidiéndoles con gritos de: ¡id enhoramala! Según comenta Michelet, de quien tomamos estos datos, aquel grito no cesó de resonar en los dos siglos siguientes: en Bohemia el año 1618; en la India el de 1623, y en toda la cristiandad en 1773.
¿Cómo es posible, pues, acusar de impiedad a Simón el Mago si obedecía los invencibles dictados de su conciencia? ¿Y bajo qué aspecto han sido los herejes y los mismos infieles de peor especie que los jesuitas? Oigamos a los de Caen:

La religión cristiana es evidentemente creíble, pero no evidentemente verdadera. Es evidentemente creíble porque quienquiera que la abraza obra con prudencia; pero no es evidentemente verdadera porque o bien enseña oscuramente las cosas o son oscuras las cosas que enseña. Y quienes afirman que la religión cristiana es evidentemente verdadera, se ven obligados a confesar que es evidentemente falsa.
De esto se infiere:
1.º  Que no es evidente que en el mundo haya en la actualidad una religión verdadera.
2.º  Que no es evidente que la religión cristiana sea entre todas la verdadera, porque ¿acaso habéis viajado por todos los países del mundo y conocéis las religiones que profesan?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

4.º  Que no es evidente que los profetas estuviesen inspirados por Dios, pues tanto pudieron vaticinar por profecía como por mera conjetura.
5.º  Que no es evidente la realidad de los milagros de Jesucristo, aunque nadie pueda prudentemente negarlos.
Tampoco es necesario que los cristianos confiesen explícitamente que creen en Jesucristo, en la Trinidad, en el decálogo y los artículos de la fe, pues basta que crean como los judíos en Dios y en su justicia remunerativa (31).

Por nuestra parte inferiremos de todo esto que es más que evidente que al más solemne embustero del mundo se le puede escapar tal o cual verdad en determinados momentos de su vida. Ejemplo de ello son los autores jesuitas, hasta el punto de que es fácil advertir de dónde salieron los anatemas del concilio ecuménico de 1870 contra ciertas herejías y la definición de nuevos dogmas, cuyos inspiradores eran quienes menos creían en ellos. La historia no sabe todavía que el octogenario Pío IX, engreído de su recientemente definida infalibilidad, es eco fidelísimo de los jesuitas. Así dice Michelet:

Un tembloroso valetudinario se ve levantado sobre el pavés del Vaticano. Todo queda absorbido y limitado en él... Durante quince siglos la cristiandad había estado sometida al yugo espiritual de la Iglesia, pero esto no bastaba, pues les era necesario que el mundo entero se doblegase bajo la mano de un solo dueño. Pero como mis palabras serían demasiado débiles, tomaré las del obispo de París, cuando en pleno concilio de Trento decía que “los jesuitas han querido convertir a la esposa de Cristo en la concubina esclava de los caprichos de un hombre (32).


Isis sin Velo TOMO IV Primera Parte


                                                                                   CAPÍTULO  PRIMERO



Los hijos pueden acusar a sus padres del crimen de herejía,
aunque sepan que por ello hayan de morir los acusados en
la hoguera... Y no sólo pueden negarles hasta el alimento si
 tratan de apartarlos de la fe católica, sino que también pueden
darles muerte con toda justicia. (Precepto jesuítico).

P. ESTEBAN FAGÚNEZ:  Praecepta Decalogi, Lugduni, 1640.


EL PRIOR. -¿Qué hora es?
EL GUARDIÁN. –La del alba. La hora en que se rasgó el
velo del templo y las tinieblas se derramaron por la
consternada tierra y se eclipsó la luz y se rompieron los útiles del
constructor y se ocultó la flamígera estrella y se hizo pedazos
la piedra cúbica y se perdió la PALABRA.

Magna est veritas et praevalebit


                                                    
                                                                                               -JAH-BUH-LUN.

El rabino Simeón-ben-Iochai compuso el Zohar (...), el más importante tratado cabalístico de los hebreos, un siglo antes de la era cristiana, según unos críticos, y después de la destrucción del templo, según otros. Completó la obra el rabino Eleazar, hijo de Simeón, ayudado de su secretario el rabino Abba, cuyo concurso era necesario, porque toda la vida de Eleazar no hubiera bastado a dar cima a una obra tan extensa y de materia tan abstrusa como el Zohar. Pero como los judíos ortodoxos sabían que el autor estaba en posesión de conocimientos ocultos y era dueño de la Mercaba que le aseguraba la recepción de la Palabra, atentaron contra su vida y se vio precisado a huir al desierto, donde estuvo doce años oculto en una cueva en compañía de sus fieles discípulos hasta su muerte, señalada por muchos portentos y maravillas (1).
Pero no obstante lo extenso de la obra y de tratarse en ella de muchos puntos de la secreta tradición oral, no los abarca todos, pues el venerable cabalista no confió nunca al escrito los puntos principales de la doctrina, sino que los comunicó oralmente a contados discípulos, entre los que se hallaba su hijo único. Por lo tanto, sin la iniciación en la Mercaba quedará incompleto el estudio de la Kábala, y la Mercaba sólo puede aprenderse en la “obscuridad”, en lugares apartados del mundo y después de pasar el estudiante por muchas y muy tremendas pruebas, para escuchar la enseñanza oralmente cara a cara y labio en oído, desde la muerte de Simeón-ben-Iochai, la doctrina oculta ha sido un secreto inviolable para el mundo externo.
El precepto masónico de labio en oído, o sea la comunicación en voz baja, deriva de los tanaímes, quienes a su vez la tomaron de los Misterios paganos. La práctica moderna de esta costumbre preceptiva debe atribuirse seguramente a la indiscreción de algún cabalista renegado, aunque la palabra transmitida es una moderna sustitución convencional de la “palabra perdida”, según veremos más adelante.
La verdadera palabra ha estado siempre en posesión privativa de algunos adeptos, de modo que tan sólo unos cuantos maestres de los templarios y otros tantos rosacruces del siglo XVII, íntimamente relacionados con los iniciados y alquimistas árabes, pudieron envanecerse de haberla poseído. Desde el siglo XII al XV nadie la poseyó en Europa, pues Paracelso fue el primer alquimista que recibió la iniciación, cuya última ceremonia confería al iniciado el poder de acercarse a la “zarza ardiente” y de fundir el becerro de oro y disolver su polvo en agua. Verdaderamente, esta agua y la palabra perdida resucitaron a los Adoniram, Gedaliah e Hiram de la época premosaica. La verdadera palabra, actualmente sustituida por la de Mac Benac y Mah, se había empleado muchísimo antes de que los “hijos de la viuda” de estos dos últimos siglos experimentaran sus pseudo-mágicos efectos.

 


LA  MASONERÍA  MODERNA


El primer masón activo de alguna importancia fue Elías Ashmole, a quien puede considerársele como el postrer alquimista y rosacruz. Fue recibido en la Compañía de masones activos de Londres el año 1646, cuando la masonería era una sociedad rigurosamente secreta sin color político ni religioso, que admitía en su seno a todo amante de la libertad de conciencia, deseoso de sustraerse a la persecución de los clericales (2). Hasta unos treinta años de la muerte de Ashmole, ocurrida en 1692, no apareció la moderna francmasonería, instituida el 24 de Junio de 1717 en la “Taberna del Manzano”, sita en la calle de Carlos del Covent-Garden de Londres. Según nos dicen las Constituciones de Anderson, las cuatro logias del Sur de Inglaterra eligieron a Antonio Sayer gran maestre de la masonería, y no obstante su relativamente moderna institución, estas logias se han arrogado la supremacía sobre todas las del mundo, como así se infiere de una inscripción colocada en la de Londres.
Dice Frank al comentar los exotéricos delirios cabalistas, como él los llama, que Simeón-ben-Iochai menciona repetidamente lo que los “compañeros” enseñaron en obras antiguas. Entre estos compañeros cita a los ancianos Ieba y Hamnuna (3), pero nada refiere de lo que estos dos hicieron, porque tampoco él lo sabe.
A la venerable escuela de los tanaímes, o con mayor propiedad, de los tananimes u hombres sabios, pertenecían los instructores de la doctrina secreta que iniciaron a unos cuantos discípulos en el misterio final, pues según dice el Mishna Hagiga (4), el contenido de la Mercaba sólo puede comunicarse a los sabios ancianos (5). La Gemara es todavía más explícita sobre el particular al decir: “Los principales secretos de los Misterios no se han de comunicar a todos los sacerdotes, sino tan sólo a los iniciados”. El mismo sigilo prevalecía en todas las religiones de la antigüedad.
Pero vemos que ni el Zohar ni ningún otro tratado cabalístico contienen doctrina puramente judía, sino que,  como resultado de milenios de estudio, es común patrimonio de todos los adeptos del mundo. Sin embargo, el Zohar en su texto original y con los signos secretos del margen, no según traducción y comentario de los críticos modernos, es la obra que enseña mayor suma de ocultismo práctico. Los signos secretos encierran las instrucciones ocultas para esclarecer las interpretaciones metafísicas y manifiestos absurdos en que de tal modo se engañó Josefo, por haber expuesto la letra muerta según la había recibido por profanos conductos (6).
Las enseñanzas de magia práctica que dan el Zohar y otros tratados cabalísticos, sólo aprovecharían a quienes acertaran a leerlas interiormente. Los apóstoles cristianos, por lo menos los que obraban milagros a voluntad (7), debieron estar enterados de esta ciencia, y así no es bien que los cristianos tachen de superstición los talismanes, amuletos y piedras mágicas con que su poseedor logra ejercer en otra persona aquella misteriosa influencia llamada vulgarmente “mal de ojo”. En las colecciones arqueológicas, así públicas como particulares, pueden verse todavía piedras convexas con enigmáticas inscripciones rebeldes a toda hermenéutica, como por ejemplo, la cornerina blanca descrita por King (8), cuyos reverso y anverso están cubiertos de inscripciones que sólo pueden interpretar los adeptos. De los talismanes que en su citada obra nos da King a conocer, se infiere que el evangelista San Juan, el iluminado de Patmos, estaba muy instruido en la ciencia cabalística, pues alude claramente a la cornerina blanca y la llama alba petra o piedra de iniciación, que por lo general lleva grabada la palabra premio y se le entregaba al neófito luego de vencidas felizmente las pruebas del primer grado de iniciación.


ISIS SIN VELO (PREFACIO) Blavatsky TOMO I

                                                                       

            La obra que sometemos al juicio público es fruto de nuestro trato con los Adeptos orientales y del estudio de su ciencia. La dedicamos a cuantos estén dispuestos a aceptar la Verdad, doquiera que la encuentren, y a defenderla sin temor a vulgares preocupaciones. Su objeto es ayudar al estudiante a descubrir los principios vitales que subyacen en los antiguos sistemas filosóficos.
            Este libro es sincero. Hemos procurado que en él resplandezca siempre la justicia, junto a la verdad expuesta sin mala intención ni idea preconcebida. Nos mostramos inexorables frente al error entronizado y no guardamos la más mínima consideración a la autoridad usurpada. Reclamamos para el pasado el honor de sus ejecutorias que se le negó desde hace mucho tiempo; exigimos la restitución de prestadas vestiduras y vindicamos reputaciones tan calumniadas como gloriosas. En este espíritu de crítica están considerados los cultos y credos religiosos y las hipótesis científicas. Hombres, partidos, sectas y escuelas son efémeras de un día. Tan sólo la VERDAD, asentada en diamantina roca, es eterna y suprema.
No creemos en magia alguna que trascienda a la capacidad de la mente humana, ni en “milagro” alguno, divino o diabólico, si por tal se entiende la transgresión de las eternas leyes naturales. No obstante, aceptamos la opinión del sabio autor de Festus cuando dice que el corazón humano no se ha revelado todavía completamente a sí mismo ni hemos abarcado ni siquiera comprendido la amplitud de sus poderes. ¿Será exagerado creer que el hombre pueda desplegar nuevas facultades sensitivas y relacionarse mucho más íntimamente con la naturaleza? La lógica de la evolución nos lo dirá si la llevamos hasta sus legítimas conclusiones. Si en la línea ascendente, desde el vegetal o el molusco hasta el hombre más perfecto, ha evolucionado el alma y adquirido sus elevadas facultades intelectuales, no será irrazonable inferir y creer que también en el hombre se está desenvolviendo una facultad perceptiva que le permita indagar hechos y verdades más allá de los límites de nuestra ordinaria percepción. Así no vacilamos en admitir con Biffé, que “lo esencial es siempre lo mismo, ora procedamos cercenando hacia dentro el mármol para descubrir la estatua oculta en su masa, ora hacia fuera levantando piedra sobre piedra hasta terminar el templo. Nuestro NUEVO resultado no es más que una idea antigua. La última eternidad encontrará en la primera su alma gemela”.
            Hace años, cuando en mi primer viaje por Oriente visité sus desiertos santuarios, me preocupaban dos cuestiones que sin cesar oprimían mi mente: ¿Dónde está, QUIÉN y QUÉ es DIOS? ¿Quién vio jamás el ESPÍRITU inmortal del hombre, para asegurar la inmortalidad humana?
            Precisamente cuando con más ansia pretendía resolver tan embarazosos problemas, trabé conocimiento con ciertos hombres que por sus misteriosos poderes y profunda ciencia merecen, sin disputa alguna, el calificativo de sabios de Oriente. Viva atención presté a sus enseñanzas. Me dijeron que, combinando la ciencia con la religión, pueden demostrarse la existencia de Dios y la inmortalidad del espíritu humano tan fácilmente como un postulado de Euclides. Por vez primera adquirí la seguridad de que la filosofía oriental sólo cabe en la fe absoluta e inquebrantable en la omnipotencia del Yo inmortal del hombre. Aprendí que esta omnipotencia procede del parentesco del espíritu del hombre con Dios o Alma Universal. Éste, dicen ellos, sólo puede demostrarlo aquél. El espíritu del hombre es prueba del Espíritu de Dios, como una gota de agua es prueba de la fuente de donde procede. Si a un hombre que nunca haya visto agua, le decís que existe el océano, deberá creerlo por la fe o rechazarlo por completo. Pero dejad que caiga una gota de agua en su mano, y ya tendrá un hecho, del cual infiera lo demás, y podrá luego comprender poco a poco la existencia de un océano ilimitado e insondable. La fe ciega dejará de ser una necesidad para él, pues la habrá sustituido con el CONOCIMIENTO. Cuando un hombre mortal despliega facultades inmensas, domina las fuerzas de la naturaleza y dirige la vista al mundo del espíritu, la inteligencia reflexiva queda abrumada por la convicción de que si a tanto alcanza el Yo espiritual de un hombre, las facultades del ESPÍRITU PADRE han de ser comparativamente tan inmensas en magnitud y potencia como el océano respecto a una simple gota de agua. Ex nihilo nihil fit. ¡Demostrad la existencia del alma humana por sus maravillosas facultades y demostraréis la existencia de Dios!
            En nuestros estudios, aprendimos que los misterios no son tales y nos cercioramos de la realidad de nombres y lugares que los occidentales diputan por fabulosos. Devotamente nos dirigíamos en espíritu al interior del templo de Isis, en Sais, para levantar el velo de “la que fue, es y será”; para mirar a través de la desgarrada cortina del Sancta Sanctorum en Jerusalem y a interrogar a la misteriosa Bath-Kol en las criptas del sagrado edificio. La Filia-Vocis, la hija de la voz divina, respondía tras el velo desde el propiciatorio (1), y la ciencia, la teología y toda hipótesis humana nacida de conocimientos imperfectos, perdían para siempre ante nuestros ojos su carácter autoritario. El Dios vivo habló por medio del hombre su único oráculo. Estábamos satisfechos. Semejante saber es inapreciable y sólo ha permanecido oculto para quienes lo desdeñaban, ridiculizaban o negaban.
            De estos recibimos críticas, censuras y quizás hostilidad, aunque ninguno de los obstáculos encontrados en nuestro camino surge de la validez de las pruebas ni de la autenticidad de hechos históricos ni de la falta de sentido común de aquellos a quienes nos hemos dirigido. El pensamiento moderno va impelido hacia el liberalismo, tanto en religión como en ciencia. Se acerca el día en que los reaccionarios resignen la despótica autoridad que durante tanto tiempo disfrutaron y ejercieron sobre la conciencia pública. Cuando el Papa anatematiza la libertad de la prensa y de la palabra, la supremacía del poder civil y la enseñanza laica (2), el portavoz de la ciencia del siglo diecinueve, Tyndall, le responde diciendo: “Las posiciones de la ciencia son inexpugnables y hemos de libertar del dominio teológico las teorías cosmológicas” (3). No es por lo tanto difícil de prever el final.
            Siglos de esclavitud no logran helar la sangre del hombre, alrededor del núcleo de la fe ciega; y el siglo XIX es testigo de los esfuerzos del gigante para romper las cuerdas de los liliputienses y andar por sus pies. Las mismas comuniones protestantes de Inglaterra y América, ocupadas ahora en revisar el texto de sus Oráculos, habrán de demostrar el origen y el valor de este texto. Acaban ya los tiempos en que el dogma dominaba al hombre.
            Esta obra es, por lo tanto, un alegato en pro de que la filosofía hermética y la antigua y universal Religión de la Sabiduría son la única clave posible de lo Absoluto en ciencia y teología. En prueba de que no se nos oculta la dificultad de nuestra empresa, decimos desde luego que no será extraño que los sectarios arremetan contra nosotros.
            Los cristianos verán que ponemos en tela de juicio la pureza de su fe. Los científicos advertirán que medimos sus presunciones con el mismo rasero que las de la Iglesia romana, y que, en ciertos asuntos, preferimos a los sabios y filósofos del mundo antiguo.
            Los sabios postizos nos atacarán furiosamente desde luego. Los clericales y librepensadores verán que no admitimos sus conclusiones, sino que queremos el completo reconocimiento de la Verdad.
            También tendremos enfrente a los literatos y autoridades que ocultan sus creencias íntimas por respeto a vulgares preocupaciones.
            Los mercenarios y parásitos de la prensa, que prostituyen su poderosa eficacia y deshonran tan noble profesión, se burlarán fácilmente de cosas demasiado sorprendentes para su inteligencia, pues dan más valor a un párrafo que a la sinceridad. Algunos criticarán honradamente; los más con hipocresía; pero nosotros dirigimos la vista al porvenir.
            La lucha entre el partido de la conciencia pública y el de la reacción ha desarrollado una saludable tónica de pensamiento, que en último resultado determinará el triunfo de la verdad sobre el error. Lo repetimos de nuevo. Trabajamos para el alboreante porvenir.
            Y al considerar la acerba oposición que ha de darnos en rostro, creemos que el mejor mote para nuestro escudo, al entrar en el palenque, es la frase del gladiador romano: ¡Ave César! Morituri te salutant.

                       

                        Nueva York, Septiembre de 1877.