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domingo, 2 de marzo de 2014

El Bosque






Fogg Phileas

El simbolismo de los bosques es muy enriquecedor, ya que en la antiguedad éstos fueron lugares sagrados, parajes donde el hombre entraba en contacto con la divinidad y apreciaba su maravillosa obra. En el bosque impresionan el silencio, el misterio y la belleza.
Los celtas tenían sus templos en los bosques, siendo la encina su árbol sagrado. En la Roma imperial (al igual que en la Grecia clásica), la ciudad estaba rodeada de bosques sagrados, entre los cuales el de Diana en el camino de Arisia y el de Vesta al pie del Monte Palatino eran los más conocidos.

El simbolismo de la Caballería medieval establecía una diferencia entre la corte y el bosque. La corte significaba un lugar de encuentro, con normas establecidas, en una palabra la "vida en sociedad", mientras que el bosque era un lugar para que los caballeros se iniciaran en sus aventuras, superando los peligros que aparecían por doquier.

El bosque era símbolo de la "iniciación", un sitio de perfeccionamiento y purificación, donde el caballero solitario hallaba la libertad.

Los peligros del bosque
Los cuentos infantiles recurren una y otra vez a la fantasía de los bosques, como un lugar peligroso y a la vez fascinante, donde viven ogros, brujas, gigantes, enanos y dragones. Encontramos estas referencias en la bella durmiente del bosque, Caperucita, Blancanieves, Pulgarcito, Hansel y Gretel, entre otros. Estos personajes representan casi siempre al buscador espiritual que debe enfrentarse a diversos escollos relacionados con el mal, pero que en el bosque encuentran alguien que los auxilia para cumplir su misión.

En las obras de J.R.R. Tolkien, los bosques alcanzan una dimensión mágica que nadie ha podido imitar. Los miembros de la "Comunidad del Anillo", comandada por el hobbit Frodo Bolsón, siempre dudan antes de aventurarse en los misteriosos bosques, pues estos están plagados de leyendas, secretos y peligros.

El bosque como refugio para la iluminación
Emerson dice que "en el bosque retornamos a la razón y la fe. Allí siento que nada habrá de acontecerme en la vida sin que la Naturaleza pueda subsanarlo. De pie sobre la tierra desnuda, bañada mi frente por el aire leve y erguido hacia el espacio infinito, todo mezquino egoísmo se diluye. Me convierto en un globo ocular transparente; nada soy: lo veo todo; las corrientes del Ser Universal me circulan; soy una porción de Dios. (...) En los lugares silvestres, encuntro lago más caro y próximo a mí que en las calles o poblados. En el paisaje tranquilo y, especialmente, en la lejana línea del horizonte, el hombre contempla algo tan hermoso como su propia naturaleza".

El silencio del bosque es un verdadero refugio para la iluminación, para encontrarnos a nosotros mismos y descubrir nuestra verdadera naturaleza.

John Muir opinaba que "si a la gente en general se la pudiera llevar a los bosques, incluso por una vez, a oir a los árboles hablar por sí  mismos, desaparecerían todas las dificultades en cuanto a la preservación forestal".

En síntesis: el bosque es símbolo de la riqueza de la vida espiritual, un verdadero santuario, con intermediarios entre el cielo y la tierra, los árboles, que entierran sus raíces en el suelo, pero que intentan llegar al cielo con sus ramas.
Dadas sus características, el bosque es un lugar ideal para realizar ceremonias místicas y practicar meditación.

El árbol
Como ya dijimos, el árbol ha sido interpretado por diversas culturas como un intermediario entre el cielo y la tierra, ya que sus raíces se hunden en lo más profundo de la materia y sus ramas se elevan hacia las regiones del espíritu. Es por esta razón que podemos afirmar que el árbol es un símbolo dual.
Buda alcanzó la iluminación bajo el árbol de la Bodhi, del cual un vástago todavía perdura en Ceylán, mientras que en la mitología nórdica Odín recibe el secreto de las runas colgado en las ramas de Yggdrasil. Este árbol era un fresno gigante, con ramas que llegaban a la tierra de los muertos, la de los hombres, la de los duendes, la de los rectos y la de los gigantes. Por esta razón, las misiones cristianas de San Bonifacio (674-754) al llegar a tierra nórdica se encargaron de talar todos los árboles consagrados al dios Odín.

La relación del árbol con el conocimiento la encontramos también en la tradición judeocristiana, cuando Eva vio que "el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar sabiduría" y comió de su fruto.
Subirse a un árbol simboliza el ascenso espiritual, donde el camino no es fácil y se transita de la oscuridad a la luz. Por otro lado, plantar un árbol es vencer a la muerte, ya que seguramente este seguirá vivo tras nuestra desaparición física.

Dice Antoine de Saint-Exúpery: "Hay hombres débiles que no pueden superarse. Ponen su felicidad en lo mediocre después de haber asesinado lo más grande que hay en ellos. Se detienen en una posada durante toda su vida. Llaman felicidad arrastrarse en torno a sus mezquinas provisiones. Renuncian a oir la voz de Dios, voz que es necesidad, búsqueda y sed indescriptibles. No buscan el sol como los árboles en medio del bosque que jamás lo tendrán almacenado, sino que deben perseguirlo ascendiendo, erguidos como columnas gloriosas, lisas, que brotadas de la tierra se han convertido en fuerza persiguiendo a su Dios".


Ejercicios con los árboles
1) Recepción de energía arbórea: Los árboles expulsan "prana" (energía vital) que no utilizan y es posible acceder a esa energía sintonizándonos con ellos. Para ello existen diversas técnicas que se basan en el mismo principio, las cuales enumeraremos a continuación.
En todos los casos es necesaria una relajación inicial y una sintonización con el árbol, mediante una contemplación consciente.

a) Método indígena: Para absorber la energía, algunas tribus americanas se acostaban contra el árbol, sintiendo como ésta fluía hacia el cuerpo del practicante.
La veneración de los indígenas norteamericanos por los árboles queda en evidencia en algunos pasajes de la obra "El Canto de Hiawatha" de Longfellow.

b) Técnica oriental: Adoptada por algunos estudiosos de las filosofías orientales, entre ellos el Coronel Olcott, que acudía a un eucalipto cuando estaba muy agotado.
Nos debemos acostar enfrente al árbol y colocar nuestras piernas apoyadas sobre el tronco, sintiendo como la energía fluye desde nuestros pies hacia todo nuestro cuerpo.

c) Técnica de las manos: Utilizada por algunos espiritualistas de Occidente, se basa en la recepción de energía a través de las manos. Para practicar este método debemos sentarnos frente al árbol en posición de loto o similar y colocar las manos paralelas al tronco del árbol, a pocos centímetros de éste.

Cada persona debe descubrir cuál es la técnica que más se adapta a su persona, ya que el éxito de estas técnicas depende de nuestra sensibilidad y concentración.
Algunos árboles -como el pino y el eucalipto- poseen propiedades más perceptibles y por esta razón que se aconseja comenzar la práctica con éstas especies, aunque es necesario aclarar que cada clase de árbol brinda un tipo de energía diferente.

Luego de la recepción de esta energía arbórea nos sentiremos con más vitalidad. Según el investigador Arthur Powell "los árboles consumen prana (energía vital), pero rechazan los átomos cargados de prana rosáceo que no necesitan".
Estas técnicas de absorción son altamente positivas para aquellas personas estresadas o nerviosas.
Algunas técnicas europeas de recepción de energía (aún a distancia) reciben el nombre de "yugum" y se basa en algunas posturas físicas para conectarnos con las diferentes clases de árboles.

3) Sentir la savia: En el hermoso libro "Mi planta de naranja-lima", José Mauro de Vasconcelos dice: "Los árboles hablan por todas partes. Por las hojas, por las ramas, por las raíces. ¿Querés ver? Apoyá tu oido en su tronco y vas a escuchar palpitar su corazón". Y esto es justamente el objetivo que percibe este ejercicio enseñado por Joseph Bharat Cornell, para el cual necesitamos un estetoscopio.

El objetivo es descubrir como un árbol, aunque parezca quieto, está rebosante de vida y puede "latir". En primer lugar, debemos elegir un árbol que tenga quince centímetros de diámetro por lo menos y una corteza no muy gruesa. Luego debemos colocar el estetoscopio firmemente sobre la corteza y sin moverlo, sentir como fluye la savia en su interior. Para que este ejercicio tenga éxito, debemos probar una y otra vez en diferentes lugares del árbol para poder sentirlo más claramente.

APLICACIÓN PRÁCTICA

1)      Meditación sobre el símbolo del árbol
2)      Llevar a cabo las prácticas sugeridas anteriormente.
3) Estudios sobre el prana.

El agua





Fogg Phileas

Opuesto al elemento "fuego", de naturaleza masculina y activa, tenemos al agua, femenina y pasiva.. El agua es donde se originó la vida en la Tierra, y sin ella no podríamos sobrevivir, por lo cual siempre ha sido interpretada como símbolo de la vida.

El agua purificadora
Al igual que el fuego, el líquido elemento limpia lo interior y lo exterior. Cuando alguien es sumergido en una corriente de agua, renace a una vida nueva, recibe la iniciación.

Juan el bautista utilizó las aguas del río Jordán para bautizar a Jesús, y esta costumbre se popularizó en el cristianismo, aunque lamentablemente en casi todos los cultos se ha abandonado la simbólica inmersión. Estos ritos acuáticos han existido en casi todas las culturas y es conocida la devoción de los hindúes hacia el río sagrado de Ganges, donde se bañan para purificarse.

Los griegos antiguos afirmaban que "para el piadoso una gota es suficiente, pero al malo ni todo el océano con sus corrientes puede lavarle".

En el oráculo de Delfos, las pitonisas se sumergían en la sagrada fuente de Castalia antes de entrar en contacto con el dios Apolo, y en los misterios de Eleusis eran comunes los baños de purificación.
En algunos grupos espirituales, antes de las ceremonias sagradas sus miembros se lavan las manos y toman un vaso de agua, simbolizando así la pureza externa e interna.
Desde una óptica simbólica, las corrientes de agua representan el transcurso de una vida ordenada.

Heráclito dijo que "no podemos sumergirnos dos veces en el mismo río", significando con esto que en la segunda ocasión ni el río ni nosotros somos iguales que la primera vez.  Según algunas tribus indígenas, los ríos son las venas de la Madre Tierra. Los pantanos, en cambio, representan la corrupción, la vida mediocre del hombre de ciudad, siendo además un lugar peligroso, habitado por espíritus elementales malévolos.

El agua como pasaje a un estado superior
El cruce de un río simboliza el pasaje a un estado de naturaleza inferior a otro superior, es decir que significa la superación de una barrera.

Cuando Moisés separó las aguas del Mar Rojo y lo cruzó junto a su pueblo, superó un difícil obstáculo que lo separaba de la liberación. Pero los egipcios no pudieron traspasar este escollo y perecieron, pues simbólicamente no eran puros.
Y el agua, como ya dijimos, representa en todo caso la purificación espiritual. Limpia el pasado y nos prepara para el futuro.

En la mitología griega aparece Carón, el barquero infernal que se encargaba de transportar las sombras de los muertos al otro lado del río. Para trasponer el río Aqueronte, los muertos deben dejar su pasado atrás. En el "Diálogo de los muertos" de Luciano de Samosata, Carón dice:

"La barca es pequeña, vieja, hace agua por muchas partes, y a poco que se incline a uno u otro lado, dará la vuelta y se irá a pique; y vosotros venís en gran número a la vez, y todos traéis mucho equipaje. Si os embarcáis con todas esas cosas, temo que os habéis de arrepentir después (...) Es menester que os embarquéis desnudos y que dejéis en la orilla todo ese aparato inútil".
O sea que para purificarnos, debemos dejar atrás los apegos y los bagajes del pasado.

El puente
El puente posee un idéntico simbolismo, ya que es una forma de atravesar un río u otra corriente de agua. En las caminatas encontraremos muchos puentes, algunos de ellos de piedra, otros colgantes, todos hermosos. Y en todos está presente este simbolismo: abandonamos una lugar para empezar a recorrer uno nuevo. El puente nos está brindando un nuevo comienzo.

En la tradición esotérica a los grandes maestros espirituales se les llama "constructores de puentes" y se afirma que existen tres clases de seres elevados, simbolizando la liberación terrenal justamente con el cruce de un río. La primera clase es la de los nadadores, que cruzan el río solitarios, alcanzando el Nirvana por mérito propio.

La segunda clase es la de los barqueros, que construyen una embarcación para cruzar el río y alcanzar la liberación con un grupo de discípulos selectos.
La tercera clase es aquella a la que pertenecen Cristo o Buda, los grandes salvadores. Son quienes construyen un puente sobre el río para que todos alcancen la otra orilla. Sin embargo, no muchos se atreven a cruzar el río y prefieren ver la orilla opuesta con algo de temor.

La fuerza del agua
Los sufíes cuentan esta historia sobre los ríos: "Desde su fuente en las montañas el río había atravesado todo tipo de paisajes hasta que finalmente llegó al desierto. Y cuentan las arenas que el río enfrentó esta barrera tal como había superado las otras. Pero se encontró con que a medida que avanzaba su agua desaparecía...
Y mientras más esfuerzos realizaba, era peor. Iba a caer en la angustia, cuando oyó una voz: "Así como el viento cruza el desierto", decían las arenas, "puede hacerlo el río. Déjate absorber por el viento". El río recordó su rostro juvenil allá arriba, en las montañas. Pero él no quería perder su personalidad. Finalmente hasta había tenido nombre propio entre los hombres. "No tienes otra solución", insistieron las arenas, "aquí lo más que puedes ser es un pantano, y un pantano no es un río".
El río recordó que alguna vez había viajado en el viento y era una nube que atravesaba la inmensidad de las arenas hasta volar sobre unas distantes montañas, donde volvía a ser agua y caía como lluvia sobre la tierra donde rodaba otra vez transparente, montaña abajo".

Ese avance implacable de los ríos, más allá de los obstáculos que halla a su paso, nos demuestra el enorme poder del agua.

En el Tao Te King, dice Lao Tsé: "Nada en el mundo es más blando y más débil que el agua; mas ¡no hay nada como el agua para erosionar lo duro y lo fuerte!, pues nada puede reemplazarla. Que lo débil venza a lo fuerte y lo blando venza a lo duro, es algo que todos conocen pero que nadie practica".

La lluvia
La lluvia es otro elemento purificador. Sin embargo, los seres humanos rara vez disfrutan de la magnificencia de las lluvias, pues ésta les empapa la ropa, les alborota el cabello y les arruina el maquillaje. El poeta Kabir exclamaba: "¿Tienes un cuerpo? No te sientes en el portal. ¡Sal afuera y camina bajo la lluvia!".

Si sientes que la lluvia es una bendición, una maravilla natural, no podrás pasarla mal en un día lluvioso. Son nuestros preconceptos los que nos llevan a despreciar a la lluvia.
En el fenómeno de la lluvia podemos apreciar muy claramente los ciclos de la Naturaleza.

El escritor alemán Wolfgang Goethe veía en esto una alegoría de los ciclos humanos, afirmando que "el alma del hombre se asemeja al agua. Llega al cielo y al cielo sube, y de nuevo ha de caer sobre la tierra en un cambio sempiterno".

Muchas culturas han visto a la lluvia como una bendición divina, que daría prosperidad al pueblo mediante una buena cosecha. De esta forma, la lluvia es el semen del Padre Cielo que fecunda a la Madre Tierra, dando origen a la vida terrenal.

Revalorizar el agua
Las cañerías de la ciudad le han quitado al agua su encanto, pues el esfuerzo en la búsqueda del preciado líquido no existe. Simplemente caminamos unos pocos pasos y tenemos agua para saciar nuestra sed.

Luis Pérez Aguirre señala que "estamos demasiado acostumbrados a la realidad del agua. Desde que la domesticamos con nuestra técnica y la industrialización, se nos conviertió en algo común y banal. Su presencia es exigida sin ser valorada. Está demasiado cerca nuestro. Basta abrir una canilla, usar una ducha o ver las cañerías, para que su misterio quede esfumado".
En la vida al aire libre, nuestra relación con el agua es bien distinta. Generalmente no está a nuestro alcance, sino que debemos empeñarnos por conseguirla. En las caminatas, debemos cargarla a nuestras espaldas, cuidándola como un precioso tesoro, para beberla prudentemente en los descansos del agotador sendero.

Somos agua
Nuestro organismo se compone -básicamente- de agua, por lo cual no es falaz afirmar que esencialmente "somos agua".

El científico Claude Bernard afirmaba que "cuando el hombre salió del mar, se llevó el océano consigo" y Jacques Cousteau compartía esta opinión al decir: "El agua de mis células reacciona recordándome que soy el mar".


Aplicación práctica

1)      Meditación sobre el simbolismo del río o del cruce del río.
2)      Estudio sobre el agua según la tradición esotérica.

El Fuego

                                                       


                                                       Fogg Phileas



Las tradiciones antiguas relacionan al fuego con la divinidad. Esta idea se hace evidente en el mito de Prometeo, donde el héroe arrebata el fuego a los dioses para ser entregarlo a la humanidad. Su audacia lo condenaría a sufrir el castigo divino de estar encadenado eternamente y que un águila le devorara el hígado todos los días, ya que éste volvía a desarrollarse.
Los platónicos creían que el fuego era el elemento más relevante. Quien nos revela este concepto es Aristóteles, quien decía que

"los pitagóricos afirman que en centro se halla el fuego, y que la Tierra, siendo uno de los astros, moviéndose en círculo alrededor del centro, produce el día y la noche. A los platónicos, empero, les parece que no debe atribuirse a la Tierra la posición central, pues creen que el lugar más digno debe pertenecer al elemento más digno, y que el fuego es más digno que la Tierra".

El círculo de fuego
Desde tiempos inmemoriales, los hombres buscaron calor y luz alrededor del fuego, por lo cual podemos fácilmente relacionar a este elemento con la amistad y la fraternidad entre los hombres. La figura geométrica que se forma naturalmente en torno a los fogones es el círculo, por lo cual podemos representar al fuego con esta figura geométrica.
El simbolismo espiritual del fuego quizás se remonte al sabio Zoroastro, quien atribuye a Ahura Mazda (el bien) el símbolo del fuego, y continuará en Grecia y Roma, donde Hestia (Vesta) era la diosa del fuego. A ella le eran dirigidos todos los homenajes que le preparaban las vírgenes Vestales , que cuidaban día y noche la flama sagrada.

El fuego del acampante
Quien mejor ha reflejado el sentir del acampante frente al fuego ha sido Luis Pérez Aguirre en su magnífico "Carnet de Ruta", donde dice:

"Cualquiera sea el número de personas a su alrededor, el fuego siempre logra crear un clima de serenidad y distensión. Parecería que tiene una fórmula especial que estrecha las amistades y hace olvidar los sinsabores de la lucha diaria.

En la oscuridad fraternal, entrecortada por los resplandores irregulares de  las llamas que dibujan mil sombras extrañas, no sentimos casi la necesidad de comunicar con la palabra. Nos sentimos ligados por una comunión más intima que la del habla.

Esa tragedia muda y fantástica que se juega en la danza de las llamas es suficiente para apasionarnos; quizás porque es capaz de mantener ella sola el silencio y darle sentido.
El fuego que hemos encendido para nuestra alegría, para nuestro calor o para nuestra cocina, nos habla con su presencia de muchas cosas. Con el aire perfumado de la madera que se consume, llama constantemente a la luz y a la vida subrayando la importancia de nuestras vidas. Para comprender lo que significa el fuego, tenemos que salir de nuestras ciudades y acampar. Solo allí nos librara su secreto completamente".

Elemento regenerador
El fuego es un elemento purificador. Encontramos la regeneración a través del fuego en el mito del ave fénix, que renace de sus cenizas. En la obra de aventuras "Viaje al Centro de la Tierra", Julio Verne utiliza el símbolo del volcán como elemento purificador. Los personajes de Verne entran en un volcán apagado (símbolo de la ascensión) para salir purificados por un volcán en erupción. Esotéricamente esta alegoría recibe el nombre de VITRIOL (Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem, o Visita el Interior de la Tierra y rectificándote encontrarás la piedra escondida).

El fuego es el elemento opuesto al agua, pero en su oposición encontramos una interesante coincidencia: ambos son los principales elementos purificadores en la mayoría de las culturas. Juan el Bautista decía: "Yo os bautizo en agua para arrepentimiento, mas el que viene tras de mí (...) os bautizará en Espíritu Santo y en fuego" (Mateo 3:11).

La antorcha
Una antorcha representa al fuego "domesticado", pues se puede transportar y gozar de los beneficios del fuego más allá del caprichoso avance de éste.

Tradicionalmente, las antorchas son instrumentos valiosos en las ceremonias, pues quien las lleva es un "portador de la luz", es decir que nos ayuda a apartarnos de las tinieblas. En el libro barroco de emblemas de Hohberg (1675), leemos que "cuando en una noche tenebrosa tiene que viajar un caminante y ve brillar una antorcha, ¡cuánto se alegra de verla! Así también la luz de Dios guía a los píos cuando en medio de la oscuridad pasan sus pruebas".
Cristo dijo que Juan el bautista "era antorcha que ardía y alumbraba" (Juan 5:35), dando a entender que era un verdadero iluminado, portador de la luz espiritual.

La vela
Las velas han vuelto a aparecer como elemento decorativo, pues en este mundo ultratecnológico, el símbolo de la vela nos transporta imaginariamente al pasado, cuando no existía la luz eléctrica. Para tener luz había que estar cerca de la vela y esa proximidad con la vela también implicaba una proximidad física con los seres queridos.

Una vela también implica intimidad y paz. En ella están presentes los cuatro elementos.
Por esta razón, las velas que parecían destinadas a desaparecer en el mundo moderno, han renacido como el ave fénix para brindar nuevamente su calor y su luz.

La ceniza
Las cenizas que quedan después de una fogata nos enseñan la ilusión del mundo, su continuo devenir. Pérez Aguirre nos revela que "la presencia de la ceniza nos habla siempre de algo que ha vivido y se ha sacrificado. El fuego que nos dio calor y luz a la noche, que cocinó nuestros alimentos y secó nuestras ropas húmedas. Es el testimonio de algo que no podrá ser repetido idénticamente. Esa rama convertida en ceniza ya no podrá volver a encenderse ni prestar nuevamente sus servicios".

Es además símbolo de purificación, pues son el testimonio de la fuerza abrasadora del fuego. En lenguaje espiritual se habla de la "muerte mística", o sea la iniciación espiritual, donde muere el hombre viejo y nace el nuevo. El símbolo de esta nueva vida está dada por las cenizas, que nos recuerdan la regeneración del ave fénix.

Las salamandras
En la tradición esotérica, los espíritus elementales del fuego son conocidos como "salamandras", que se distinguen por su poder, pudiéndose aparecer como lenguas o bolas de fuego. Generalmente sus formas son serpenteantes y causan diversos fenómenos relacionados con el fuego, como los rayos y los incendios.

Desde un punto de vista alegórico, la salamandra simboliza la imperturbabilidad del aspirante espiritual frente a la sociedad profana que lo rodea. Las personas virtuosas pueden estar en el más bajo de los ambientes y permanecer firmes en sus convicciones. Son salamandras: permanecen en el fuego, pero no se queman.
Aplicación práctica

1)      Concentración en la fogata o en la llama de una vela.
2)      Estudios sobre el Fuego según las concepciones esotéricas.