(What of
Phenomena?, Lucifer, feb. 1888)
[Artículo por H. P.
Blavatsky]
A los
editores de la revista "Lucifer":
"Me valgo de vuestra invitación a
los corresponsales, para someterles una pregunta.
¿Por qué,
actualmente, no se oye hablar más de las señales y de las maravillas que
acompañaron al advenimiento de la Neo-teosofía? ¿Quizá, la 'edad de los
milagros,' ya haya tenido su final en la Sociedad?
"Con Respeto"
"O"
Aparentemente, nuestro
corresponsal se refiere a los "fenómenos ocultos," los cuales no
lograron producir el efecto deseado, sin embargo no eran, en ninguna acepción
del término, "milagros." Se supuso que las personas inteligentes,
especialmente los científicos, hubieran, al menos, reconocido la existencia de
un campo inédito y profundamente interesante de investigación y pesquisa, una
vez que presenciaran efectos físicos producidos voluntariamente y para ellos
inexplicables.
Se supuso que los teólogos hubieran acogido bien la prueba que
tan tristemente necesitan en estos días agnósticos, según la cual el alma y el
espíritu no son simples creaciones de su fantasía por ignorar la constitución
septenaria del ser humano; sino entidades tan reales como el cuerpo y mucho más
importantes. Estas expectaciones no se realizaron. A los fenómenos se les
comprendió y se les interpretó erróneamente, tanto en su naturaleza como en su
propósito.
La explicación de esta
circunstancia desafortunada no está muy distante si consideramos la luz que la
experiencia ha irradiado actualmente sobre el tema. El binomio ciencia y
religión no reconoce la existencia de lo Oculto ni de los poderes y
posibilidades latentes en el ser humano. Con el término Oculto indicamos el
sentido y el empleo que tiene en teosofía, es decir: una región sobrematerial,
sin embargo no sobrenatural, gobernada por la ley.
La religión atribuye
cualquier interferencia con la rutina diaria del mundo material, a la voluntad
arbitraria de un autócrata, bueno o malo, que reside en una región
sobrenatural, inaccesible al ser humano y relevado de toda clase de ley, ya sea
en sus acciones o constitución. Mientras, para conocer sus ideas y deseos, los
mortales dependen totalmente de comunicaciones inspiradas, entregadas por un
mensajero acreditado. El poder de efectuar los llamados milagros se ha
calificado siempre como la credencial suficiente y adecuada de un mensajero
celestial y la costumbre mental de considerar algún poder oculto con esta
óptica sigue tan arraigada que, a cualquier ejercicio de tal poder se le
considera "milagroso" o así se define.
Es superfluo decir que: ver
los acontecimientos extraordinarios de esta forma es directamente antitético
con el espíritu científico de la edad y no es la posición en la que actualmente
se afinca el segmento más inteligente de la humanidad. Hoy en día, presenciar
los milagros no provoca, en la mente de la gente, un sentimiento de veneración
y reverencia; sino de curiosidad.
La producción de los
fenómenos se efectuó esperando despertar y emplear este espíritu de curiosidad.
Se creyó que dicha manipulación de las fuerzas de la naturaleza que yacen bajo
la superficie de las cosas que la ciencia moderna, rasga y picotea con celo y
orgullo, hubiera conducido a la investigación en la naturaleza y en las leyes
de esas fuerzas, que la ciencia ignora, mientras el ocultismo conoce
perfectamente.
Es cierto que los fenómenos suscitaron la curiosidad en las
mentes de las personas que los presenciaron; pero desafortunadamente, en la
mayoría de los casos, resultó ser una curiosidad infructífera. La mayoría de testigos
desarrolló un apetito insaciable sólo por los fenómenos, sin pensar mínimamente
en estudiar la filosofía o la ciencia cuyos fenómenos eran simplemente las
ilustraciones triviales y, por así decirlo, accidentales, de su verdad y poder.
Sólo en pocos casos la curiosidad despertada desembocó en el serio deseo de
estudiar la filosofía y la ciencia por su valor intrínseco.
La experiencia ha enseñado a
los líderes del movimiento que la condición y la actitud mental de la vasta
mayoría de los cristianos profesantes, el corolario de siglos de enseñanzas
supersticiosas, les impide, absolutamente, un examen imparcial de los fenómenos
en su aspecto de acontecimientos naturales gobernados por la ley. La iglesia
católica romana, fiel a sus tradiciones, se abstiene de examinar cualquier
fenómeno oculto con el pretexto de que es, necesariamente, la obra del Diablo
cuando esto ocurre fuera de su esfera; ya que tiene un monopolio legal del
negocio de milagros legítimos.
La iglesia protestante niega la intervención personal
del Maligno en el plano material. Sin embargo, no habiendo jamás incursionado
en el negocio de milagros, parece un poco dudoso que sea capaz de discernir un
milagro auténtico si lo viese. No pudiendo, análogamente a su hermana mayor,
concebir la extensión del reino de la ley más allá de los límites de la materia
y de la fuerza, como las conocemos en nuestro actual estado de conciencia, se
abstiene del estudio de los fenómenos ocultos bajo el pretexto de que yacen en
el área de la ciencia más bien que de la religión.
Sin embargo, también la
ciencia tiene sus milagros como la iglesia romana; pero, dependiendo
enteramente del artífice del instrumento de la producción de tales milagros y
pretendiendo ser la poseedora de la última palabra conocida en lo que concierne
a las leyes de la naturaleza, no cabe duda que no habría aceptado cortésmente
los "milagros" de cuyo aparato productivo fue omitida. Además, afirma
que ilustran la operación de fuerzas y leyes que desconoce.
En la vertiente de
la investigación oculta, el trabajo de la ciencia moderna está sujeto a
impedimentos tan engorrosos como los de la religión; ya que, mientras la
religión no puede aprehender la idea de la ley natural en su aplicación al
universo suprasensible, la ciencia no reconoce, rotundamente, la existencia de
este último, al cual podría extenderse el reino de la ley y ni puede concebir
la posibilidad de algún otro estado de conciencia que no sea aquello terrenal
presente.
En tal coyuntura, difícilmente podíamos esperar que la ciencia
emprendiera la hazaña que le correspondía efectuar con mucho ahínco y
entusiasmo. En realidad, aparentemente percibió el hecho de que su deber
consistía en tratar los fenómenos del ocultismo de la misma forma poco
caballerosa que reservó a los milagros divinos. Así, los denigró con sosiego y
cuando se vio obligada a dictaminar algo al respeto, no vaciló en atribuirlos a
artificios fraudulentos, cables, trampas y así sucesivamente. Alcanzó este
veredicto basándose en rumores y sin examinar el asunto.
Los guías del movimiento,
cuyo esfuerzo consistía en llamar la atención del mundo sobre el gran campo
desconocido de la investigación científica y religiosa que yace en el confín
entre la materia y el espíritu, se encontraron en una situación difícil al descubrir
que se les motejaba de emisarios de su Majestad Satánica o de grandes adeptos
en la ciencia de la charlatanería. Sin embargo, el golpe más duro fue asestado
por un grupo de personas cuyas experiencias, si correctamente entendidas,
debían haberles enseñado algo mejor. Los espiritistas pregonaban que sus
queridos fallecidos eran los artífices de los fenómenos ocultos, calificando a
los líderes teosóficos como seres un poco inferiores a los mediums disfrazados.
Jamás se presentaron los
fenómenos bajo una luz que no fuese aquella de la ejemplarización de un poder sobre
fuerzas perfectamente naturales aunque no reconocidas y, de paso, sobre la
materia. Los poseedores de tal poder eran ciertos individuos versados en un
conocimiento del universo más extenso y más elevado que aquel de los
científicos y los teólogos y que jamás ellos alcanzarán, si consideramos los
caminos que ambos están recorriendo. Sin embargo, dicho poder están latente en
todos los seres humanos y con el tiempo, cualquier individuo dispuesto a
cultivar el conocimiento y conformarse con las condiciones necesarias para su
desarrollo, lo ejercerá.
Pero, exceptuando algunos ejemplos aislados y
honorables, se acogió siempre como pseudomilagro o como la obra del Diablo,
como trucos vulgares o divertidas trampas o como la actuación de esos
"fantasmas" peligrosos, que se enmascaran en las sesiones
espiritistas alimentándose con las energías vitales de los mediums y los
concurrentes. Así, la teosofía y los teósofos, fueron el blanco de acometidas
cortantes y rencorosas que procedían de todos lados, las cuales soslayaban
completamente el hecho y la lógica. Se destacaban por su malicia, odio y
crueldad, que serían sumamente inconcebibles si la historia religiosa no nos
hubiese enseñado en qué clase de animales protervos e irrazonables se
convierten los individuos ignorantes cuando perciben que una amenaza aletea
sobre sus amados prejuicios y si la historia de la búsqueda científica no nos
hubiera enseñado, en su turno, que, cuando la veracidad de las teorías de un
erudito es puesta en entredicho, su comportamiento es análogo al de un ser
ignorante.
Un ocultista puede producir
los fenómenos, sin embargo, no puede proporcionar al mundo las capacidades
cerebrales, la inteligencia y ni la buena fe necesarias para comprenderlos y
apreciarlos. Por lo tanto, no es una sorpresa que se nos aconsejara abandonar
los fenómenos dejando que las ideas teosóficas se sostuviesen por sus méritos
intrínsecos.

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